Abuelita, abuelita, ¿por qué tenemos un oso encabronado en el jardín trasero?
A pesar de parecer una mezcla entre Caperucita Roja y Ricitos de Oro, la historia que voy a relatar sí está basada en hechos verídicos a la par que enervantes. Por suerte, la distancia (en el tiempo) suele hacernos tender a recordar las cosas mínimo con una sonrisa en la cara, si no es una risotada con lágrimas incluidas.
Quienes me leéis ya sabéis quién (o qué) es Calimero. Es un perro que ha terminado siendo de talla grande (35 kg ). Es muy sociable (demasiado) y muy noble, pero en cuánto lo dejas solo más de un par de horas es capaz de destruir y arrasar con todo lo que cae a su alcance. Por ello no podemos tenerlo dentro de casa y ni siquiera completamente suelto en esa especie de corral–aparca coches que tiene mi abuela en la parte trasera de la casa del pueblo donde vivo por motivos de trabajo.
Él sabe que no debe hacer esas cosas, como bien demuestra cuando llego a casa y, sin haber visto aún el siguiente destrozo, se esconde con el rabo entre las piernas en vez de ir corriendo a saludarme loco de alegría.
Lo que me recuerda que, en sus efusivas muestras de alegría, tiende a ponerse a dos patas (como si fuera un oso) y a arañarte, sin querer, allá donde te alcance. A mí me alcanza el pecho (a través de ropa y todo), pero hay gente a la que le alcanza hombros y cara.
Cansado de esto, decidí cortarle las uñas. Imaginaos mi sorpresa cuando vi que las tenía tan sumamente desgastadas que le llegaban hasta el mismísimo nervio y carne. El muy bruto, a base de escarbar, las mantiene así de desgastadas. Por tanto, ¿de dónde procedían los arañazos? De los espolones delanteros. De algún modo se las apañaba para arañarte sin problema allá donde plantara la zarpa.
Una vez cortadas y redondeadas el par de uñas el problema quedó solucionado… durante una semana. No podía creérmelo, pero tenía otra vez los espolones afilados como alfileres y yo el pecho cruzado de líneas rojas. La única explicación razonable que encuentro es que, al estilo de gatos y osos, se dedique a afilarse las zarpas, incluidos los aparentemente inútiles espolones. A su favor he de decir que el chico es meticuloso.
Hablando de escarbar y arrasar, otro dato curioso es que, antes de su llegada, crecía hierba sin problemas por todas las zonas con tierra. Mejor dicho, crecían las típicas malas hierbas que, por definición, aparecían rápidamente y a mi abuela tanto le molestaban. Lo cual se traducía en una entrega semanal de “Nieto, limpia el corral de hierbas ahora”.
Gracias a Calimero, ya no hay brizna de hierba que pueda subsistir en ambiente tan hostil. Aunque no sé qué narices hace para conseguir limpiar un rodal repleto de hierba hasta mi rodilla (y con algún arbusto) en tan sólo un día y medio, el caso es que lo hace y yo le estoy muy agradecido por ello. Creo que, en mi agradecimiento, inconscientemente tiendo a no acordarme demasiado del caballo de Atila, ya sabéis.
Por si lo de tener las uñas a punto de sangrarle os (y le) pareciera poco, también sabe emplear la boca en casos de extrema necesidad (al estilo de los lobos feroces). Como cuando decidió que tenía que hacer un agujero en el suelo de hormigón del corral. Obviamente, eso era un caso de extrema necesidad y no dudó ni siquiera cuando se rompió un diente en su empeño por horadar los diez centímetros de espesor que lo distanciaban de la tierra prometida. Llegó hasta la tierra de debajo, comprobó que era exactamente igual que la que tenía 3 metros por detrás y en la que suele excavar, y se fue a hacer otra prospección geológica a un par de metros de distancia.
Como lo leéis, dos agujeros de unos diez centímetros de diámetro a través de hormigón de otros tantos centímetros de espesor. Le ha costado un diente (medio diente en realidad), pero sigue mordiendo todo lo que puede.
Si creéis que la culpa esa mía por no dejarle juguetes para morder, estáis muy equivocados. Me he gastado mis dineros en comprarle todo tipo de juguetes y ahí están, mojándose los días de lluvia y poco más. No consigo tentarle con ellos en absoluto. Aunque claro, tal vez la culpa haya sido mía en tanto en cuanto no le he comprado los juguetes apropiados: yo los he comprado para perros (grandes), no para “lobosos” medianos.
Ahora que ya estáis en situación, paso a relatar lo que pasó éste último jueves. Resulta que yo no trabajé (tal vez recordéis mi tónica de pseudotrabajo), pero aproveché para irme a la capital a hacer papeles (bancos y demás). Tal vez el perro se olió algo y se enfadó, o tal vez ocurrió alguna otra cosa, pero cuando volví a casa me quedé impresionado. No encuentro otra palabra mejor para definir el estado anímico en el que debió de sumirse que “encabronado”. Debió de encabronarse durante horas y horas para conseguir hacer lo que enumero a continuación:
- La cuerda y cadenilla con la que está atado aparecieron rotas. La cadenilla, que simplemente es una correa reutilizada, no me sorprendió demasiado. Lo que sí me sorprendió de veras fue que, una vez rota la cadena y liberado, rompiera también la cuerda. Y, además, ¡en cuatro trozos!
- Uno de los pedazos de cuerda lo enrolló y anudó múltiples veces con un alambre que tengo colgando, bastante lejos, para mantener abierta la puerta de acceso a casa cuando lo necesito.
- Una maceta de barro de unos 25 centímetros de altura y unos 20 de diámetro, estaba hecha añicos. El mérito no está sólo en que el grosor de las paredes era de un centímetro, sino en que estaba rellena de tierra hasta arriba, con lo cual estoy bastante seguro de que desarrolló la estrategia de primero vaciarla para luego poder romperla a base de saltar encima y morderla. Si la rompió sin vaciarla, espero que jamás deje de ser tan noble y sociable, por el bien de la sociedad.
- Un par de mosquiteras estaban otra vez rotas. Tras una de ellas, la que daba al baño, mantenía en el alféizar de la ventana estropajos y bayetas para limpiar el baño. Por supuesto, aparecieron todos en trizas de menos de tres centímetros cuadrados. Ni el mal sabor de boca lo detuvo.
- El tendedor anclado a la pared apareció con las cuerdas partidas. Para ello tuvo que saltar y saltar, lo cual explica que los puntos de anclaje, las escuadras de hierro, estuvieran dobladas hacia dentro. Aunque estas cuerdas sólo las partió en dos cada una, las poleas de las escuadras también aparecieron mordisqueadas, dobladas y partidas, con lo que tuvo que saltar y saltar aún más.
- Mis dos pares de botas de trabajo aparecieron en bastante mal estado. ya he dicho que justo ese día no fui a trabajar, así que las dejé airearse en el corral. Destrozó tanto las de goma como las de cuero con la puntera de acero (algo carillas). Menos mal que, de casualidad, tenía un tercer par de botas para el siguiente día. Pero claro, la culpa fue mía, porque la última vez sólo me había roto una bota de cada par, y él entendió que la riña fue por el trabajo no concluso o imperfecto.
- Otros males menores, como un saco de cebollas (vacío) también agujereado e inutilizado.
Con respecto a mi abuela, tanta destrucción de su propiedad privada no le habría hecho ni gracia. De hecho, ella es la que me pregunta continuamente por qué tengo al perro ese, y no al revés, como el título da a entender. Por suerte, durante el invierno se va del pueblo a la capital, donde no pasa frío, con lo que no vio nada.
Ahora me queda reparar en la medida de lo posible todo y esperar que el bicho se civilice un poco o me toque la lotería para estar todo el día bien juntitos.
Existo
Será masoquismo, por no decir dejadez, pero por fin me decido a escribir un poco. Lo de la dejadez viene porque he tenido montones y montones de cosas que contar, especialmente viajes y anécdotas (quién sabe si algún día llegaré a hacerlo). Incluso podía haber escrito hacía una semana para dar la enhorabuena a mi hermano, finalista de cierto concurso internacional de fotografía.
No obstante, hasta que no he tenido el pulgar derecho algo incapacitado para teclear, no me he puesto manos a la obra. De ahí lo del masoquismo.
Antes de proseguir, una advertencia. Si eres curioso, morboso, o simplemente indiferente, continúa leyendo; si eres escrupuloso o fácilmente impresionable, sáltate lo que está en azul.
El viernes, cuando no me quedaban más que 15 ovejas escasas vacunar de un total de 1.500, de tan rápido que iba pinchándolas mientras pasaban corriendo una detrás de otra (literalmente), no me di cuenta de que la oveja siguiente a la que estaba pinchando saltó a lo loco contra mí. Para ser más exactos, no contra mí, sino sobre mi mano izquierda, con tan mala fortuna que justo ésa era con la que estaba pinchando. La muy vaca–oveja–burra vino con carrerilla de más de diez metros y saltó, supongo que con la intención de pasar por encima de la otra oveja y mi codo. Falló de lleno, como cualquier otro animal habría sabido sin necesidad de intentarlo. Cayó con su esponjosa tripa sobre mi codo, el cual, por estar conectado a mi mano y ésta hallarse sosteniendo una jeringa con una aguja de grosor aproximado de 18,8 G [tecnicismo dedicado a Paula], terminó por acabar incrustando la susodicha agujaca en la otra mano (la derecha).
La causa técnica del accidente ha de buscarse en que para realizar inyecciones subcutáneas (lo que era el caso), es necesario coger un pellizco de piel e inocular en el mismo pellizco. Con lo cual la aguja siempre está cerca de la mano que pizca. Además, unos cuarenta kilogramos caídos por sorpresa no son fáciles de detener antes de que tu brazo recorra esos fatídicos tres centímetros.
Bueno, hasta aquí algo que me ha pasado más de una vez. Lo malo es que me dio en la punta de, precisamente, el pulgar. Me atravesó la uña. Con un grito de dolor, me cagué en todo (especialmente la madre de la oveja) creyendo que me había atravesado el dedo de lado a lado. Al mismo tiempo que pensaba esto y gritaba, me saqué la aguja rápidamente, lancé con fuerza el guante de cuero que suelo llevar para protegerme contra el suelo (simplemente sacudí con fuerza el brazo para sacármelo gracias a la fuerza centrífuga) y empecé a chuparme los borbotones de sangre. Ante la cara de estupor de los ganaderos (todo sucedió en menos de 2 segundos y no pudieron reaccionar más), vi que no me había atravesado el dedo. “Por suerte” el hueso se había interpuesto en su camino.
No es una sensación muy placentera eso de rascarse el hueso, pero al menos, pensándolo ahora fríamente, me doy cuenta que entre eso y la uña, por lo menos el dedo no me lo desgarré y la herida fue muy limpia. Limpia en sentido quirúrgico, ya que higiénicamente hablando no se puede decir lo mismo. Me refiero a que el pinchazo fue con una aguja ya usada con unas tres mil ovejas y a que me encontraba rodeado y embadurnado de mierda (literalmente). El escozorcillo de fondo, que no el dolor del traumatismo en sí, se encargó de recordármelo.
Aunque en esta ocasión no me inoculé nada, o eso creo (os recuerdo que una vez me inoculé una vacuna –anterior blog–), la peor parte aún estaba por llegar. No sé por qué, pero desde que tengo unos 20 años, cada vez que tengo una herida algo profunda, mi cuerpo reacciona de un modo brutal. Los capilares se contraen al cabo de medio minuto y permanecen así durante más de ocho. Lo cual es una reacción fisiológica muy normal ante situaciones de peligro de desangrado, ya que así las heridas cierran antes y mejor (de hecho dejé borbotear sangre en menos de un minuto).
Pero en mi caso, y desde hace no demasiado tiempo, el proceso se me ha exacerbado un poquitín. Todo empieza con algo así como oleadas de dolor que me suben hacia el vientre, cosa que jamás me había pasado. Esto podría disimularlo, pero sé que a continuación empiezo a sudar y, por tener todos los capilares constreñidos, empiezo a tener un frío horrible. Esto también podría ignorarlo, pero no así la llamativa lividez de mi rostro. Ni que me falte sangre en la cabeza y me maree, con lo cual debo elegir entre sentarme voluntariamente o caerme involuntariamente. Además, entre el frío y esa especie de dolor visceral anclado en el vientre, el estómago tiende a revolvérseme.
Así que allí estuve yo, blanco como el papel, sentado a ratos y renqueando durante unos diez minutos. Mientras, logré terminar las últimas ovejas y me fui a mojar la cara y lavar la herida. Luego me cambié de ropa (en plena campiña, como siempre), con cuidado de no perder el equilibrio, para entrar en calor de una vez. Al cabo de 20 minutos, ya estaba completamente recuperado. Excepto por el dolor remanente del pulgar y su hinchazón, estaba como si no me hubiera pasado nada.
Como me he propuesto ver las cosas por el lado bueno, voy a enumerar los puntos positivos. En primer lugar, ya no me picarán pulgas durante una semana o así (alguna gota de medicamento seguro que me inoculé). En segundo lugar, este tipo de estrés me favorece el movimiento peristáltico (vamos, que ya no tengo estreñimiento). En tercer lugar, tengo una excusa más que razonable para no ponerme de portero con La Cerveza Mecánica (por cierto, en mi opinión ayer jugamos uno de los mejores partidos de toda la “historia del club”).
Para despedirme, os recuerdo visitar la foto de mi hermano, motivo por el cual me he obligado a escribir “un poco” (siempre me alargo, es algo que siempre me puede).
Invitación a la Vía Verde
Si nadie me boicotea nuevamente, desde aquí lanzo un nuevo llamamiento para efectuar la Vía Verde que une Ojos Negros con Sagunto (datos técnicos y más links en aquella entrada anterior). Lo único que varía son los días: 5 y 6 de Octubre (haciendo noche el día 4 Viernes).
Se puede apuntar todo el que quiera, por supuesto, aunque rápido.
Desolación–Destrucción es mi segundo nombre, pero no soy centroamericano aunque sea de Guadalajara
En realidad no es mi nombre, sino el del perro. Bueno, realmente tampoco es su segundo nombre (por si acaso lo explico).
Antes empiezo explicando que creo (y espero) que Calimero ya esté cerca de su peso definitivo, tras ocho meses y más de treinta kilogramos sobre sus espaldas. Lo espero porque así dejará de crecer y de destrozarme cada semana algo nuevo, algo que anteriormente se encontraba fuera de su alcance.
En general se porta muy bien, o mejor dicho, se portaba. Desde que vino mi abuela y su asistenta, especialmente ésta última, lo han estado malcriando y mucho, con lo que cuesta luego des-maleducar.
Por ejemplo, desde Junio lo estuvieron acostumbrando a que si lloriqueaba (los típicos 5 minutos escasos tras nuestra partida al trabajo), le daban de comer. Es decir, que le premiaban por (aparentar) estar desolado y molestar, algo que aprendió y desaprendió unas cuantas docenas de veces. Pero fueron cientos las veces que traté de explicar y mostrar su error a mi abuela y su asistenta, con palabras amables y silogismos realmente simples. Hubiera obtenido mejor resultado dándome de cabezazos contra un radiador a 120º C hasta desfigurarme la cara o, mucho mejor, correr por el pueblo en cueros a media noche y dando alaridos hasta alcanzar el campanario, y allí, para escarnio público, colgarme de los pulgares un día entero… ¡sin protector solar!
Además, con tanta interferencia me resultaba muy difícil saber cuánto pienso tenía que darle de comer al final del día. Entre mi abuela, que le daba de comer a mis espaldas (o eso se creía) barras enteras de pan, y la asistenta dándole de comer a espaldas de mi abuela auténticas guarradas (guarradas para un cachorro, como torreznos o jamón), lo tenía realmente complicado. Ni siquiera las diarreas persistentes las convencieron más de una semana de que aquello no era muy bueno para el animal, por mucho que “llorara” el teatrerillo y por mucho que se aplicara a devorar con gula y afán lo que le lanzaban por la ventana (me pregunto qué no me darían si me volviera yonqui).
Hasta aquí la situación no estaba descontrolada del todo, sobre todo porque como paso tanto tiempo en casa con horarios tan impredecibles, interceptaba gran parte de los paquetes de ayuda humanitaria. Pero el día que llegué a casa y Calimero ni siquiera salió a recibirme porque estaba tirado en un rincón con un tripón asombroso, algo en mi cabeza hizo “crack” y enfurecí. El pobre animal estaba jadeando, luchando por respirar, empachado como nunca en su vida. Comprobé que, por lo menos, faltaba tanto pienso como el que se habría comido en 3 días, es decir, que junto con la comida matinal se había comido lo de 4 días, o tal vez más, de una tacada. Visto por el lado bueno, al menos habían dejado de darle de comer guarradas. Visto por el lado malo, podrían haberme matado al animal (por torsión de estómago, problema típico de razas grandes).
Mi enfado estaba dirigido en exclusividad contra la asistenta. Mi abuela sé que no me toca esas cosas, y no me equivoqué. Tuve que dejar pasar media hora, y aún así estuve muy cortante (por primera vez con ella). Le expliqué la situación en pocas palabras y le prohibí expresamente darle nada. Me pidió perdón y que no volvería a hacerlo. ¿Os lo creéis? Yo desde luego NO (he visto y oído demasiado). Sabía que el “disgusto” le duraría una semana y luego volvería a las andadas.
Antes de que se me olvide, la asistenta también me dijo, durante una cena, “usted es muy grosero”. Me quedé a bolos por tamaña desfachatez y falacia, pero le dejé continuar suponiendo que se trataba de un malentendido lingüístico (ella es centroamericana –nicaragüense–). Se refería al perro y a que, según ella, lo medio mataba de hambre. Por tanto, el malentendido no mejoró mucho tras la explicación.
Lo cual me recuerda la manía que existe de tener los perros cebados como puercos, con lo perjudicial que es para ellos (aunque beneficioso para las clínicas), y que continuamente la gente (sobre todo los más allegados) me intenten corregir a mi cuánto y qué debería de darle de comer.
Volviendo al segundo nombre de Calimero, el ritmo de destrozos se ha incrementado más de lo habitual y más allá de lo aceptable. Parece haber dejado de memorizar a medio plazo, aunque no a corto plazo, qué cosas no debe hacer. Entiendo que el animal pueda aburrirse y de vez en cuando me monte un tinglado diferente, sobre todo porque al ir creciendo en altura todavía no he tenido oportunidad de enseñarle que esa cosa nueva a su alcance no es un juguete por muy apetecible que le resulte investigarlo. Hasta aquí siempre he tenido paciencia (y humor) y él ha respondido satisfactoriamente.
Lo que no entiendo es que un día me destroce una mosquitera, le monte una pedazo bronca y, tras haberlo entendido, se espere justo a que la haya arreglado (tras una semana con un montón de horas de trabajo y recados invertidos, descontando riñas de mi abuela) para destrozarme todas las que le quedaban por destrozar. Ahí sí que me enfadé de veras y se llevó su correspondiente castigo, como el día que me destrozó precisamente una de las botas de cada pareja de las que uso en el trabajo (para qué lo voy a negar, un botazo en todos los morros con cada bota rota le ha ido a las mil maravillas).
Al cabo de poco rato, con el enfado un poco más despejado, razoné e hilvané la destrucción de las mosquiteras con muchas de las cosas que he visto en vivo y en directo. Es muy largo de explicar, pero estoy seguro al 95% de que de nuevo la culpable fue la asistenta de mi abuela (lo de las botas fue mía y le pillé con las manos en la masa). Se debió de dedicar a llamar a Calimero (con muchas risitas, eso sí), desde dentro de casa, a sabiendas de que éste se encontraba fuera en el corral. Habitualmente se lo pasa bomba viendo como el animal salta y salta, acción que seguro que realizó. Pero esta vez, en su afán por acudir a la llamada, además se dedicó a arañar y rajar las mosquiteras.
Ya he dicho que es muy largo de explicar, pero he visto muchas cosas a lo largo de estos meses para saber que es muy posible que esto haya sucedido tal cual lo cuento.
Lo peor de todo no fue la bronca que le eché al perro o mi cargo de conciencia por semejante injusticia. Injusticia porque a fin de cuentas, él sólo tenía ganas de jugar y respondió obedientemente a la llamada, además de que le reñí demasiado tarde para que comprendiera perfectamente el motivo de mi enfado. No; lo peor es que dada la situación actual y la actitud de la señora esta, el que paga el pato es Calimero. Sintiéndolo mucho, la única solución para evitarme horas de trabajo estúpido y, sobre todo, conservarle la educación y salud, es llevármelo a otra casa del pueblo (más trabajo inútil para mí) y dejarlo en otro corral absolutamente solo. Lo de las mosquiteras y el empacho fue la gota que colmó el vaso.
Por suerte para Calimero, esta situación no durará mucho, porque la asistenta se va a largar en breve, con lo que me bastará con dejar al perro atado en largo en nuestro propio corral (se sentirá menos aislado). Además, si enlazáis con la anterior entrada, fácilmente os daréis cuenta que paso gran parte del mes con él y no necesito trasladarlo.
En relación con esto, ahora, con un ambiente perfectamente controlado (sé lo que come y lo que no), sospecho que las diarreas cíclicas que sufre también son de origen parasitario (tal vez Giardia –links 1 y 2– o alguna ameba).
Por cierto, ya no hablo a la asistenta. Me enfadé tanto con ella que no puedo (ni lo necesito). Cada vez que la veo, no puedo dejar de recordar todo lo que le ha hecho al perro. Me dan igual sus intenciones; que permanezca ciega ante los destrozos que provoca enfrente de sus propias narices es pecado más que suficiente para mí. Además, “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” (de San Pablo).
Cosas más recientes
Me he equivocado en uno de mis últimos vaticinios. Desde que vino mi jefe, llevo dos semanas en las que sólo voy a trabajar 3 días (tal vez 4). Eso sí, no tengo tiempo los fines de semana de irme a ningún lado porque me he buscado unos trabajillos extra que me están ocupando casi todo Agosto. Además, los días libres inesperados que tengo los estoy empleando en estudiar, con lo que al final no desaprovecho ni un minuto.
Por tanto, pese a que no estoy trabajando casi nada entre semana, parte en gracias a la parsimonia de mi jefe, parte gracias a las festividades de los pueblos, no consigo sacar tiempo para escribir más a menudo.
Por otra parte, la búsqueda de piso está casi abortada. Personalmente estoy tan harto de ver pisos y perder miserablemente tardes enteras, que he renunciado a ver ni uno más y le he cedido el relevo a mi novia. Ella también está bastante harta, pero con suerte puede quedar a medio día cuando acaba de trabajar (al menos ella tiene horario conocido) y así no pierde una tarde entera.
Otro punto es que cada semana tan apenas aparecen pisos nuevos. Uno o dos en todo Teruel. Al menos esos son los que se dan a conocer por las vías adecuadas. Ya lo dije pero lo repito: una de las consecuencias de que sobren las pelas.
Ánchel
Como no, no podía dejar de comentar este suceso que ha sucedido en los últimos meses, seguramente el más importante de todos. Soy tío primerizo, de un niño muy sano y guapo que, aunque nacido en Palma de Mallorca el 11 de Junio, ostenta un nombre en clave de fabla aragonesa.
Si he dejado pasar tanto tiempo ha sido para dar la oportunidad a sus padres de hablar de su hijo en sus respectivos blogs (links 1 y 2). Pero como son un tanto desnaturalizados (sobre todo la madre y su leche), han considerado más importante dedicarse a cambiar pañales que a hacer pública su aparición en el mundo.
Para ser sincero, recuerdo que hice una curiosa referencia a Ánchel hace tiempo, aunque un tanto oculta para aquellos que no hablaron con mi hermana.
Durante estos dos meses y pico, fui una semana entera a conocer al nuevo palmesano (que no palmero, a diferencia de su padre), en lo que ha sido mi segunda visita a la isla. Si un día me da tiempo, escribiré un recopilatorio sobre todo lo que se puede ver o hacer en la ínsula, así como aquello que merece más la pena.
Ha pasado tanto tiempo que el chiquillo también ha venido un par de semanas a la Península, principalmente para que sus bisabuelas lo conocieran. No es que haya pasado tiempo como para que él vaya por libre en avión, sino que ha venido con su madre.
En fin, que si queréis ver fotos, no esperéis a ver las que yo he hice (repito más alto: ¡NO!), porque ni yo mismo las he visto aún (siempre la tontería esa de que voy escaso de tiempo). Conque mucho menos para colgarlas. Mejor os remito a esta entrada del blog La Cámara y Santi y ya basta.
Lo cual me recuerda que el autor del susodicho blog (mi hermano) volvió a ver publicadas un par de fotos suyas en el Heraldo de Aragón el día 1 Sábado de Agosto (página 47). No obstante, creo que para la gran mayoría será más accesible, como en anteriores ocasiones, acceder al boletín del Cipaj o a otros enlaces más sencillos (estoy buscando tanto unos como otros, pero no es fácil –ya los pondré entre los Comentarios–).
Solo y al frente de la empresa II
Cuando alguien dijo aquello de “nunca segundas partes fueron buenas”, evidentemente hablaba sólo de películas. En este caso me ha ido bastante bien la semana, con bastante poco trabajo y quedando a las horas que yo consideraba oportunas con los ganaderos. Ojalá fuera así todo el año, especialmente porque me organicé casi toda la semana el lunes. La excepción fue un pequeño ajuste el martes.
El próximo lunes, con mi jefe de vuelta, comenzará otra vez la rutina esa estúpida que tiene de no llamar al ganadero hasta las 22 para avisarme a mi a las 23 (hora arriba hora abajo). Qué chollo es eso de ser tu propio jefe, sobre todo si ganas el pastón que el mío.
En definitiva, que la semana ha sido muy ligerilla, después de todo he quedado bastante bien con mi jefe, y me he perdido ver alguna final del Campeonato Mundial de Natación de Roma.
Hoy no voy a escribir más, simplemente porque antes ya he escrito un pedazo comentario que en realidad es toda una historia en sí mismo.
Cambio de casa y vacaciones
Otro suceso importante en estos últimos meses ha sido que mi novia por fin ha encontrado un trabajo en Teruel. Estamos contentos porque además de ofrecer cierta estabilidad a medio plazo, está bien remunerado y los compañeros de trabajo son mucho más normalitos. Supongo que esto último tiene que ver con la geografía y sus gentes, ya que desde luego no es igual de abierto (y amable) un turolense que un madrileño (o un guadalajareño, por extensión).
Lo malo es que se pegó una paliza buscando piso para poder vivir con Calimero sólo un mes antes de venir. También se tuvo que comprar coche por el animal, coche que ahora nos sobra y, encima, se le llenó de bollos con una granizada que cayó el día que comenzó a trabajar aquí. Por lo menos justo aquel día yo libré, con lo que no me pasó nada.
Tras habernos dado otra paliza buscando piso en Teruel capital, parece que por fin hemos encontrado uno aceptablemente bueno (podíamos elegir, en toda la ciudad, entre 9 pisos). Teruel es una ciudad curiosa en cuanto a pisos de alquiler se refiere. Toda la gente de los pueblos de alrededor tiene piso en Teruel, pero no lo usan porque les parece pequeño. A nosotros, que hemos visto bastantes pisos de obra nueva, estos pisos de 4 habitaciones, 2 baños, cocina separada del salón, recibidor, trastero y plaza de garaje sobradamente ancha, nos parecen más que suficientes para una familia entera. Desde luego, para nosotros dos y el perro nos parecen de todo menos pequeños.
También es curioso que tanto piso vacío e inútil no salga en alquiler o venta, ni siquiera con la crisis (tal vez aún no haya llegado a Teruel –aquí estas cosas llegan con dos años de retraso–). La mayoría tienen miedo de que se lo estropeen u “okupen”. Por ello, aunque venga poca gente a esta ciudad en comparación con la que emigra, al haber tan pocos pisos, los precios no tienen nada que envidiar a los de Zaragoza (aunque en Zaragoza sean pisos más pequeños).
Sin embargo, contrariamente a la absurda idea general que mantienen de “que me devuelvan el piso como si no lo habitara nadie”, los pocos pisos que salen están pensados para estudiantes de la Universidad (muy favorecido por ser pisos tan grandes). Sumándolo todo, los alquileres son exagerados para una ciudad tan pequeña.
Antes de que mi novia viniera, solicité vacaciones a mi jefe. Generé un problema gordo. En vista de su política de hacerlo todo a última hora y mal, por una vez yo también lo hice así. En cuanto vi un billete de avión barato, lo compré sin pensármelo dos veces. Luego se lo dije a mi jefe (todo con más de 2 meses de anticipación). Se enfadó un montón conmigo porque coincidían con sus vacaciones “imposibles de cambiar” (mentira). Para mí lo peor es que creo que le refresqué en la memoria aquel otro rebote que le provoqué hacía poco tiempo.
Tomé la decisión de apechugar y decirle que era imposible cambiar el vuelo de fecha (en realidad ni siquiera lo intenté, ya que me temía lo peor para mi bolsillo). Su enfado fue a más, es decir, vuelta a no hablarme excepto para replicarme que aunque me fuera el martes en vez del viernes “con eso no le arreglaba nada”. Buscó a uno de sus amiguetes (uno de esos que, casualmente, son todos dueños de su propia ADS), concretamente aquél con el cual fui a currar durante toda una semana a cambio de vete a saber qué trapicheos.
Mi sentimiento de culpa se apaciguó un poco con esto, ya que sentía que me deben algo por aquella semana. Aun con todo, le dije que yo le haría las guardias al otro veterinario la semana que se fuera de vacaciones (así de tontilán soy). Me replicó que no, que dejara el asunto y que no volviera a repetir la jugada.
Cuando las cosas volvieron más o menos a su cauce habitual, resulta que Eva cambió de curro y, todo el rollo este, no me sirvió para nada, ya que al final hemos tenido que cancelar las vacaciones. A mi jefe le dije que decidí cancelarlas porque había sido error mío. Ni una palabra más.
En cuanto al viaje, la semana que viene tenemos reservado un vuelo Zaragoza-Roma que no podemos cancelar ni cambiar, dado que no devuelven el dinero (aunque vayas con un mes y pico de antelación), y es más caro cambiarlo de fechas que comprar uno nuevo. Mis temores económicos se han confirmado (el motivo por el cuál ni siquiera intenté cambiar el billete en un principio).
Hoy no voy a escribir más, ya que en realidad este tema es compartido y no quiero chafar a nadie entradas de blog (otra de mis ironías).
Los estudios
Con respecto a los estudios y tanto que tenía que estudiar, todo ha acabado felizmente para mí. He aprobado ambos idiomas y ya me he matriculado para el año que viene. Esta vez sólo de francés, aunque sólo sea porque no hay más cursos de inglés (gracias a Dios).
Pero no todo lo relacionado con la Escuela Oficial de Idiomas fue estudiar o practicar escuchas. También participé en un concurso literario. Aquí os linko a la página web que contiene, entre otras cosas, las bases y un artículo del Diario de Teruel. Participé por partida doble (inglés y francés), con la oculta esperanza de salir ganador en ambas modalidades o mínimo una (el premio me motivaba). Finalmente, resulté ganador de la modalidad básica de francés 1 (foto pequeña y foto grande 2).
Por cierto, el concurso fue en Febrero y me declararon vencedor en Marzo. Otra muestra más de cuántas cosas he dejado de contar.
Centrándome en el premio, éste consistía en un cheque regalo por valor de 75 €, intercambiable por CDs y DVDs en cierto local de Teruel. No deja de tener gracia que la matrícula de un idioma cuesta algo menos que eso, así que se podría decir que he ido gratis a un buen curso de francés a cambio de cuatro folios tontos.
Aún más gracia tiene si tenemos en cuenta que el relato de francés, de supuesto nivel básico, lo hice por mera inserción del relato de inglés, de (supuesto) nivel avanzado, en un robot traductor de Internet. Luego me limité a retocarlo. No fue muy ético, pero carecía de tiempo para inventarme nada nuevo y estos recursos (gratuitos en Internet) están al alcance de todos hoy en día. Además, en el fondo no me hizo ni pizca de gracia que resultara ganador el de francés y no el original de inglés, ya que en el primero invertí 2 días y en el segundo 2 semanas.
Desde el principio sospeché que me habían dado el premio de francés por haber sido un concurso “casi-desierto”. Vamos, que yo creía ser el único participante. Algo que, en mi fuero interno, deseaba desde el principio y me incitó a participar con deseos de hacer doblete. Sin embargo, había un participante más, el cual, por lo visto, invirtió 2 horas de resaca. Con lo cual, al final, no me siento mal conmigo mismo para nada.
Volviendo al cheque regalo, no sé qué carajos pasa con los de la tienda esa, pero, tras 3 meses y medio, por fin recibieron mi pedido completo la semana pasada. Ni que les hubiera pedido DVDs de coleccionista (han sido documentales de National Geographic y de la BBC). A veces el clima de tranquilidad de esta ciudad me desespera.
Lo peor ha sido que, después de haberme dicho que ya los tenían todos, resulta que les faltaban los de la BBC (en concreto los de Tierra), porque no me los habían guardado. Cuando fui en Abril, los tenían en el expositor, y se los pedí. Pero como no se tomaron nota de que iba todo el paquete junto (me tengo que gastar el vale de 75 € de golpe), con los meses se creyeron que era para uno de esos que piden y luego no recogen. Así que lo han vendido y tengo que volver a esperar vete a saber cuánto tiempo. Espero que ahora no me vendan los de National Geographic y volvamos a la situación de 3 meses atrás.
Lo gordo del asunto es que, encima de mal servicio, intentaron timarme dándome no sé qué documental que en el título ponía escrito algo de “Tierra”. Les dije que ni hablar, que yo quería los que había reservado. Pasado mañana voy a ir a la tienda a cantarles las cuarenta, para que por lo menos no me vendan los que ya tienen allí guardados.
Por otra parte, los de la EOI publicaron más relatos míos. Al profesor de inglés le gustó cierta “broma literaria” que le entregué como tareas de casa (ésa es la mejor traducción que se me ocurre en este contexto para “hoax”) 1. Por ello, decidió rellenar una columna de la revista del colegio basándose en ella. Casualmente, a los pocos días, aparecieron todavía más noticias sobre el boom paleontológico que se está dando en Teruel.
Para terminar, tengo que volver al relato corto en francés. La semana pasada, durante las Fiestas del Torico, me encontré con cierto compañero de clase de inglés en la famosa Peña del Ajo. Se trata de un hombre que ronda los 55.
Tuvo mérito por verme de lejos y venir a saludarme, pero aún lo tuvo más por encontrar el relato de francés y comentármelo por diversos motivos.
Primero, lo encontró, con todas las dificultades que comento a pie de página. Sobre todo, el referente al error de imprenta, que con el nombre que me bautizaron mi excompañero se lo tuvo que currar. Supongo que me vería en la foto de la revista impresa (mucho más breve que la electrónica) y luego buscaría ex-profeso mi relato en Internet, pese a que nadie dijo en ningún sitio que publicarían ahí los relatos ganadores.
Segundo, leyó algo en francés, idioma del cual dudo que sepa absolutamente nada en vista del nivel de inglés que tiene. Lo digo porque, por ejemplo, se dedicaba a traducir dichos españoles tal cual al inglés. Imaginaos el absurdo lingüístico-cultural de, por ejemplo, “to have the fly behind the ear”. Me parece inexplicable que esté en el curso que está.
Tercero, con lo tocado que iba, aún tuvo el valor de comentármelo y, atención, corregirme. (No penséis tan mal, y continuad leyendo.) Parece ser que llevo toda la vida creyendo que son “Las Fiestas del Ángel Caído”, cuando en realidad son las del “Ángel Custodio”. Mucho más sentido para unas vaquillas de origen no-satánico. Todo este tiempo diciéndolo en voz alta y he tenido que esperar a escribirlo en un concurso público, para que venga alguien que no es del jurado ni profesor, y me corrija.
El trabajo: rutinas y cambios
En relación con el trabajo voy a empezar con un par de visitas que me hizo Álvaro. En la primera tuvo gracia que me llamara justo un día que había soñado que había desaparecido algo de material del trabajo, acto del cual le imputaba a él como culpable (en el sueño). A su marcha, de recuerdo me dejó un apretón de manos todo lo fuerte que pudo, con ambas manos, gracias al cual me acordé de él durante un par de días.
En la segunda visita me llevó a Ojosnegros, donde sólo vi la casa-museo de sus abuelos. La casa muy chula, pero una pena que no pudiera ver mucho el resto del pueblo.
En referencia a mi jefe y su estilo de conducción, las cosas siguen más o menos igual. Sigue metiendo sexta en los mismos tramos imposibles y yendo en tercera cuarta autovía.
Tras el cambio dientes naturales por todo implantes, aún tuvo que desaparecer, que yo sepa, hasta cuatro días en semanas consecutivas para irse a Valencia a que le repararan dientes que partía mientras dormía (la última mientras se comía un donut enfrente de mí). Me explicó que, según le contaba su mujer, los rompía porque mientras duerme (y sueña) “rechina los dientes”.
Le podría haber añadido que ese “rechinar de dientes” seguramente se corresponda con las contorsiones y muecas que también pone mientras conduce. Esa especie de tic que se pone a hacer bien porque cree que nadie le ve, bien porque se pone a pensar en otra cosa y realmente le sale sin darse cuenta en absoluto. Por cierto, que lo mismo se aplica a comerse los mocos (otra de sus aficiones).
Peor aún, le podría haber dicho, en tono misterioso, que eso era “pura deformación profesional”, por eso de que trabajamos con animales rumiantes. Ahondar después en los motivos del sentido de la frase, e incluso llegar a explicarle que le denomino “jefergúmeno rumiante”, habría dependido de la velocidad con que quisiera verme en la cola del INEM.
Volviendo a sus dientes, tras haberle pegado los trozos tantas veces, al final le tuvieron que fabricar una especie de molde de goma. Supongo que será algo así como lo que se ponen los boxeadores para que no les salten los piños, sólo que con un valor de 1.500 € o así.
Cambiando de historia, me acuerdo ahora de cierto día que tuvimos que ir a su casa a recoger material que se había olvidado de traer al trabajo. Tras cruzarnos con uno que conducía bastante mal (carril contrario), me dijo “es increíble la cantidad de imbéciles que vienen aquí arriba”, esto es, a su casa semi-ilegal. Al cabo de medio minuto del más absoluto silencio, durante el cual yo estaba pensando en las musarañas, me añadió “he dicho ‘que vienen ellos’, no ‘que venimos nosotros’, que ya sé lo que estás pensando sobre mí”. Me reí, claro está.
Pero, por supuesto, no todo en el trabajo es mi jefe. También está el sueldo que me paga. ¿Recordáis que estaba desesperado por conocer el valor legal del kilómetro andado con mi furgo? Haciendo cuentas, llegué a la conclusión de que algo justo serían 0,32 €/km.
Precisamente esto es lo que le pedí, pero no se dignó a explicarme en ningún momento si le parecía bien o qué. Tuvo el valor de hacerme volver a echar cuentas cuando vi la nómina, para al final llevarme la agradable sorpresa de que me paga exactamente eso, pero no la factura del taller por el equilibrado de ruedas que tuve que hacer tras salirme en aquel camino embarrado.
Ahora más en serio, además de mi jefe o cualquier cosa relacionada con él, en el trabajo me encuentro, por supuesto, a los clientes y sus animales. Sé que me debería apuntar cada vocablo y expresión extraña mal usada, pero eso requeriría ir con libreta y lápiz y quedar bastante mal con todo el mundo.
Por esto, ahora mismo sólo soy capaz de recordar un día que cierto vagucio de campeonato, que sólo arrimaba el hombro cerca de mí para decirme “oye, chico, haz esto”. Dos años y medio viéndome por ahí, y la gente aún me llama por el nombre de mi jefe o, peor aún, por “chico”. Tantas veces me dijo “oye, chico”, que os prometo que estuve a un tris de responderle “dime, Harpo”, con la doble intencionalidad de decirle que menos rajar y más trabajar. Debido a que tanta complejidad mental hubiera sido contraproducente para mí, por hacerme quedar como el hippie fumao incongruente, me callé. Paradojas de la vida esto de que te tengas que callar cuando sabes algo para no parecer idiota.
En esa misma explotación también me pasó una cosa curiosa con una burra. Mientras me cambiaba de ropa, se acercó a olisquearme muy de cerca. Cuando me vestí, la burra permaneció por mis alrededores. Luego oriné (necesidades fisiológicas de uno), tras lo que se arrimó a olisquear mi charquito de pis. En esto pensé “vaya, ya estoy orinando otra vez dulce”. Sin embargo, me pareció realmente peculiar que, acto seguido, la burra orinara semejante riada justo encima de mi charquito. Inmediatamente después volvió a quedarse de espaldas enfrente de mí. Entonces, observándola desde ese ángulo, dejé de lado mis teorías sobre ese curioso caso de territorialidad pollina, para descubrir el verdadero por qué. La burra estaba en celo y me estaba tirando los tejos desesperadamente. No pude evitar recordar cierta historia sobre burras.