¿Para qué me sirve tener pulgares? (Capítulo II)

18 Julio 2008 at 16:08 (Aventuras y Desventuras) (, )

Ayer me quedé en que me quité el mono y ahí estaban ellas, succionando en mi canilla con gran avidez y embelesamiento. Con embelesamiento y lujuria. Con lujuria y glotonería.

Miedo me dio pensar la cantidad que debía de llevar encima si de buenas a primeras cacé 5 (“¡horror!, ¿será 1 kg?”). Nada más llegar a casa, buena ducha y ropa de calle a lavar. Lamentablemente, como era jueves, el mono no pude echarlo a lavar hasta el día siguiente, con lo que en la siguiente jornada aún cacé hasta 10 pulgas más. Y las que me debí dejar, como veréis más abajo.

En cualquier caso, el viernes ya pude echar a lavar mono, ropa, sábanas, toalla y todo lo que se me ocurrió. Me di una ducha y utilicé como desodorante un insecticida, con la esperanza de parecerles menos apetecible. El coche, zapatillas y botas de trabajo también los fumigué. Tan desesperado estaba que hasta me comí un par de dientes de ajo a palo seco, imaginándome que mediante semejante placebo mi sangre adquiriría cualidades menos palatables.

En definitiva, lo limpié todo bien a fondo y huí tres días del trabajo y casa. Sin embargo, las sanguinarias parásitas se habían cobrado bien cobrado el sustento, ya que me dejaron con un saldo de más de 150 habones (no he dicho grano, sino habón). Cuando llegué a los 140 me cansé de contar. El mérito es conseguirlos todos en un día y medio. Si echáis cuentas, a razón de hasta 2 picadas por día y pulga (lo que es tirar por lo alto, pues les sobra con una ingesta diaria), comprobaréis que por lo menos debí sufrir una anemia pasajera a cuenta de una carga parasitaria de unas 50 pulgas.

Y como en otras ocasiones, nadie, absolutamente nadie a mi alrededor, ha sufrido siquiera una insignificante picada.

Mis desventuras no acabaron aquí. Todavía resta lo más “divertido” por contar. Todavía conseguí rizar el rizo.

El viernes por la tarde estaba desesperado, deseando llegar a casa para ducharme y deshacerme de las chupasangres. Tras haber terminado de trabajar, hice la compra en un tiempo récord. Estaba acomodando las bolsas en los asientos de atrás, cuando, súbitamente (por el roce de los asientos y la ropa), me entró un ataque de picor. Impulsado por el ardor en la piel, me incorporé de un salto, cual resorte vertebral, fuera del coche. Allí me rasqué con furia. Cuando por fin me tranquilicé, casi me da otro tipo de ataque, ya que durante el salto y rascada las llaves se me habían caído dentro del coche, y éste estaba cerrado por todos lados.

Dado que eran las 14:10, llamé al pueblo en el que vivo, donde esperaba que alguien tuviera que venir a Teruel capital a trabajar y así me acercara las llaves de repuesto. No fue el caso. Entonces, sin pensarlo mucho, arreé a todo trapo (¡qué picor!, ¡maldito roce de ropa!, ¡maldito sudor!) hacia la estación de autobuses para intentar llegar a tiempo al de las 14:30. Pese a las largas cuestas, lo logré. ¿He dicho cuestas? Más bien lo logré pese al calorcito transmitido por el sol en todo su cenit en sinergia con los otra vez apremiantes granos. Pero sólo lo logré para cerciorarme de que, con horario de verano, no había autobús hasta las 19:30.

Tenía que hacer algo y rápido. Tras barajar la posibilidad de ir en taxi, me decanté por pedirle prestado el coche a un tío abuelo que ahora vive en Teruel. El problema era que de nuevo tenía que correr, ya que estaba en la otra punta de la ciudad y era la hora de que se marchara a dar un paseo o a jugar la partida de cartas. Vuelta a correr; vuelta al infierno.

Esta vez sí hubo suerte y pude ir hasta el pueblo a recoger las llaves. Podría haberme duchado entonces. Pero sabía que aún tenía que montarme en mi flea–car (coche–pulga, el coche del superhéroe obrero). Y, sobre todo, también sabía que aún debía manipular el mono de trabajo (al menos hasta meterlo a la lavadora). Por todo ello, decidí que sería más efectivo esperarme a la vuelta. Así lo hice y finalmente, a las 19:13, pude deshacerme de todas ellas. Salí del Purgatorio y entré en el Paraíso.

Para finalizar con todo lo dicho durante estos dos densos capítulos, poneos en mi lugar y replanteaos la pregunta que les da título. Por poneros más en situación, imaginaos que el típico día que os sale un sospechoso habón os da por buscar a la culpable. Entonces, como no la encontráis, pese a que no soy negro (única ventaja real que creo tener sobre ellos, por cierto), pasáis a preguntaros para qué demonios ese par de dedos tan gordos portan un nombre al cual hacen tan poco honor. ¿No sería más apropiado que me los rebautizara con algo así como “opositores”?

1 comentario

  1. esthercm dijo:

    Me vas a perdonar, porque fijo que a ti no te hace gracia ninguna, pero yo todavía me estoy partiendo la caja y no puedo parar jajajajaja :)

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