Contaminación vacuna
Esta es una de las muchas entradas cuyo bosquejo tengo por ahí guardado porque en su día decidí no publicar por considerarla de interés más que escaso. El problema, que no es mea culpa (cualquier crítica siempre es buena, al menos para mí), es que no discierno cuándo duermo a la gente y cuándo puede resultarle interesante lo que le cuento.
Ya hace un par de días Santiago me mostró su sorpresa ante cierta noticia un tanto estúpida que leyó u oyó por ahí, cosa que también se tomó la más que grata molestia de plasmar por escrito. Le contesté que ya sabía algo sobre el tema desde hacía un año, y decidí recuperar y desarrollar un poco el bosquejo que tenía preparado, al menos para resarcir su propia curiosidad. Sin más dilación, paso a mostrároslo.
El asunto comenzó con la publicación de una directiva de la UE que imponía un plazo de un año y medio para deshacerse de los termómetros de mercurio. Los motivos y ventajas son claros: existen termómetros electrónicos más precisos y no contaminantes. No en vano, precisamente las mujeres españolas muestran uno de los índices de contaminación por mercurio más altos del mundo, lo cual es consecuencia de nuestra dieta junto con la contaminación de pescados marinos.
Sin embargo, y siempre existe un “sin embargo” para todas estas directrices europeas, no se aplicará a los objetos ya comercializados (lo que es lógico), ni a aparatos de medición de más de 50 años ni a los barómetros (un pelín absurdo, ¿no?). ¿Razones para esta última excepción? Muy simple. Reino Unido, Países Bajos y Bélgica, “casualmente” los únicos productores europeos de barómetros de mercurio, votaron en contra.
Casi al mismo tiempo que me removía en mi asiento por la indignación que me producía la superposición, una vez más, de los intereses anglosajones a los comunitarios e incluso globales, apareció cierta noticia señuelo made in UK para intentar despistarnos. O así lo interpreté yo. Porque la alternativa es intentar hacer factible lo inviable.
Se trataban de una serie de especulaciones sobre cómo reducir el metano (CH4) que expelen las vacas, principalmente en forma de eructo, a consecuencia de su dieta forrajera. Las había aceptables, como aumentar la longevidad de las vacas, pero la gran mayoría eran rematadamente malas.
Como bioquímico no me pueden hacer tragar la idea de que “modificar genéticamente su aparato digestivo” sea factible antes de los 10–15 años que precisa el acelerado cambio climático. Por lo menos necesitarían 75 años… si es que ya hubiera alguien investigando en ello.
Como veterinario me asusta la aberración de cambiar la dieta de las vacas. Cambiarla otra vez, por supuesto. Actualmente les damos piensos con mucha proteína, ya que con sólo hierba no podrían mantener la cuota lechera a que las sometemos. Incluso los hay que pretenden que les demos píldoras especiales. Todo esto es tecnológicamente perverso. Estamos consiguiendo convertir una especie cuyo principal potencial era la capacidad de comer cosas que nosotros no podemos comer, en una competidora directa con nuestro propio sustento. Muy bien. Parece que no nos damos cuenta de la pérdida de recursos, e incluso peligro directo, que esto supone.
Todo esto sin siquiera tener en cuenta el coste económico que supone cualquiera de estas alternativas al simple y mero hecho de reducir las emisiones humanas de CO2/CH4. Aunque mejor pensado me callo, que igual vienen ahora los inglesitos y, cogiendo la idea por los pelos van y dictan una ley comunitaria prohibiendo (a los españoles) comer fabada. Porque, para ser justos, seguramente contaminemos más 6.000 millones de humanos con nuestros propios pedos que las vacas mediante un mecanismo fisiológico inevitable y normal.
En aquel entonces pensé que se trataba de una tontería para rellenar hojas, pero ahora vuelven a la carga con el tema los argentinos. Dicen que dándoles taninos disminuye en un 25% las emisiones de CH4. De acuerdo. Que me digan ahora en qué porcentaje disminuye la producción láctea o cárnica y extraeré alguna conclusión válida (matemáticas puras y duras).
Estoy de acuerdo con que el CH4 produce mucho mayor efecto invernadero que el CO2. En lo que no estoy de acuerdo, me lo pinten como me lo pinten, es en intentar equiparar el efecto invernadero debido a todo el CO2 antropogénico al CH4 de origen rumiante (eructos de ovejas y vacas).
Por favor, basta de marear la perdiz y que los gobiernos se centren en lo verdaderamente importante: el binomio centrales termoeléctricas–transporte y, por otro lado, la emisión de otros peligrosos contaminantes (desde mercurio hasta plutonio).