Incentivo escolar
Con todo lo anterior, no es de extrañar el escaso incentivo que existe en el mundo académico desde edades bien tempranas. Desde luego no creo que un chaval de 15 años decida vaguear, aunque sea a costa de no terminar la ESO, porque ya se haya dado cuenta que el esfuerzo seguramente no valga la pena. En mi caso, tantos años de estudio y preparación para terminar haciendo un trabajo equivalente al de un peón de una cadena de montaje. Tanto esfuerzo para tampoco cobrar como si estuviera en una fábrica, donde también he llegado a trabajar y ganaba más que ahora. Trabajo repetitivo y mecánico, sin necesidad de pensar lo más mínimo, con un sueldo muy bajo, a cambio de años que podría haberme dedicado a trabajar (o, tal vez, a vaguear). En vez de pagar por estudiar y hacer exámenes, podría haberme dedicado a ganar dinero.
Aunque la mayoría de los adolescentes seguramente no vea más allá de sus apetencias estomacales en un intervalo de 3 horas, el resultado no deja de ser igualmente válido. Al final, merece mucho más la pena ponerse a trabajar de lo que sea que invertir años y dinero en estudios que no conducen a ninguna parte.
Lo que puede que influya mucho más en estas generaciones sea la educación en casa, el hacer lo que les da la gana y no saber cuánto cuesta ganarse su manutención y los caprichos que exigen. Esto, junto con la total ausencia de reconocimiento de méritos, les lleva a la clara resolución de que es más cómodo y ventajoso no esforzarse en nada ni por nadie. El tiempo, se mire como se mire, termina dándoles la razón.
En este marco de desidia, donde está de moda reírse de quien destaca para bien en clase y estar a la sombra de quien destaca para mal, llegamos a obtener calificaciones “sorprendentes” como las reveladas en el último informe PISA (Programme for International Student Assessment –Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos–). No me trago patochadas del tipo “la culpa es de la Guerra Civil”, que aún andan con esas historias.