Amor–odio platónico
Cuando leí el artículo referente a la supuesta relación amor–odio existente entre científicos y periodistas, aún los odié más. Me considero más científico que periodista, así que ya sabéis desde que bando hablo. No ejerzo profesionalmente en una línea puramente científica, pero mi formación me hace sentirme hombre de ciencias.
No se trataba más que de un titular sensacionalista para hacer creer que ahora los periodistas son mucho mejor profesionales y que, habiendo sido demonizados injustamente en el pasado, ahora son queridos y bienvenidos pro la comunidad científica. Claro, por eso no puedo meterme poco ni nada con ellos (véase la etiqueta Periodistas / Periodismo). Resulta que ya no dicen tonterías ni distorsionan la realidad.
Dicha distorsión suele proceder de malentendidos y la tediosa costumbre que tienen de modificar las palabras que les dicen. En su afán por abreviar o modificar las entrevistas que realizan, tienden a cambiar palabras vitales en el discurso, de tal manera que a quienes no somos profanos terminan por exasperarnos. Por no hablar de los propios entrevistados, quienes habitualmente les temen porque finalmente puede parecer que son ellos los que han dicho las inoportunas sandeces. No en vano, este temor y aversión al periodista, no sólo no está pasada de moda, sino que es compartida a voz abierta por muchos científicos (incluso he tenido profesores que han dado clases sobre el tema). Pese a que tengamos que reconocer que en última instancia son ellos los que ponen en contacto los avances con el gran público de a pie.
Puede que la principal causa de estos malentendidos, los cuales generan sentimientos bien diferentes al odio y, especialmente, al amor, sea la escasa formación en ciencias de los periodistas. Esto podría ser perdonable, hasta cierto punto. A veces uno se pregunta por qué meten las narices en asuntos donde no entienden ni una palabra, y luego se atreven a retocarlo y retransmitirlo a la sociedad.
Lo que es imperdonable es cuando un periodista se dedica a emplear palabras cotidianas con significados completamente diferentes (insisto, hace no mucho puse unos magníficos ejemplos del tema). Esto llega a hacernos rebasar los límites de nuestro respeto por ellos como colectivo profesional.
En concreto, hablando del artículo que trato, lo que terminó de exasperarme fue la suprema imbecilidad del corolario final: “los periodistas no comen, por sistema, científicos para desayunar”. Magnífica su capacidad de síntesis y percepción del problema real.