La visita de mi hermana y sus hijicos
No es que mi hermana haya dado a luz. Lo que pasa es que hace unos meses se echó un par de mascotas nuevas, y por fin las he conocido. Yo digo que son sus “hijicos tontos” por la cantidad de trabajo que me han dado, ya que como veterinario me ha hecho mil y una consultas. Lo que viene a ser típico en una madre primeriza. Eso sí, yo encantado y además bien pagado. Y menos mal, que los sobrinos me habrían costado un riñón, descontando la suela irrecuperablemente gastada.
Si alguien no sabe qué mascotas nuevas tiene, podemos realizar un juego simple. Se trata de seguir la serie geométrica que os propongo. Si su primera mascota fue un hámster, y la segunda un conejo enano, ¿cuáles son la tercera y cuarta? Ánimo. Un breve esfuerzo neuronal, que no es muy difícil. Ahí van: la tercera es un perro pequeño (como el doble que un gato), y la cuarta una dálmata. Lo que es difícil, o pavoroso, es imaginarse cuáles serán la quinta y sexta. Aviso que mi conocimiento en vacas cebuínas e hipopótamos no es muy amplio.
Para mí lo mejor ha sido cuando han venido al pueblo donde resido por el trabajo, Gea de Albarracín (acordaos del nombre, al menos hasta que termine la entrada). Han venido ellas tres y mi futurible cuñado. Aunque ya los vi en Zaragoza, una vez aquí me he divertido bastante con los perros.
Trosko, el pequeño, tiene nombre pseudo–comunista, lo cual le pega conmigo (según los ganaderos, aunque esa es otra historia). El nombre le proviene de Trotsky, aunque mi hermana, aun no habiéndomelo confesado, se lo haya puesto porque de pequeña le encantaba un perro muy geniudo que conoció en cierto pueblo del Pirineo. Rescató a Trosko de una perrera siendo muy pequeño y es un perro sin raza, o, según ella, es “rústico”. Lo cierto es que es muy inteligente y valiente, excepto cuando se enfrenta al agua. Agua como la del azud donde lo he arrastrado hoy muy a su pesar. Arrastrado porque yo también me he metido. Pero a él como que le importaba un comino la solidaridad de mis pinreles.
Gea, mayor en talla y en edad, tiene el mismo nombre que el pueblo donde resido ahora (¿recordáis?). Me llevé a correr el primer día. En mi vida me había costado tanto correr cuesta abajo. La señorita decidió que iba a correr mi papi, así que no paró de frenar, sentarse e incluso tumbarse. Le daba igual que le gritara o halagara, que le estirara o empujara, que la arrastrara o masajeara. Ella lo que quería era sentarse y dejarse de chuminadas que no llevaban a ninguna parte, literalmente hablando. “¿Correr? ¿A dónde? ¿Al menos hay pájaros que perseguir? Tú estás tonto, greñudo.” Aparte de perra (¡qué buen chiste!), es muy cariñosa y noble, y el potencial de ligoteo con ella se multiplica por mil. Una auténtica pasada (hablo de su paciencia con los críos, malpensados).
Dos gracias respecto a los nombres que he oído por ahí han sido que Trosko debería llamarse “De Albarracín” (venga, dad caña a esa neurona memorística). La otra es que Gea se llamara “Lenon”, puesto que Lenin también era un comunista (plagiado de Santi).
Cuando cuelgue fotos os lo haré saber. Espero que si los perros me ven en ellas no les flojeen los esfínteres. Por rememorar sus peores pesadillas, digo.