Fin de semana pupurri–aventurero

5 Agosto 2008 at 12:08 (Aventuras y Desventuras, Viajes / Turismo) (, )

Este fin de semana me ofrecieron la oportunidad de hacer toros en Iglesuela del Cid. Por “hacer toros” quiero decir actuar como veterinario oficial en un festejo popular taurino. Dado que están muy bien pagados (por cada día gano un tercio de mi salario mensual habitual), no dudé en aceptarlo.

La pega es que el susodicho pueblo está muy lejos de Gea. Se trata del último pueblo antes de pasar a la provincia de Castellón, lo cual me queda bastante a desmano. Por ello decidí hacer algo de turismo por allí (pueblo muy bonito, por cierto) e ir al día siguiente, domingo, a la playa. Lo de la paya, dada mi escasa afición a recoger arena en el bañador mientras me socarro a fuego lento, constituía más que nada un poderoso aliciente para recabar compañía.

La cosa fue bien, en la línea habitual de semejantes espectáculos: sin incidentes y comiendo pipas a falta de algo más interesante que hacer. Sin embargo, justo antes del último espectáculo, que era el toro embolado a las 23 horas, me comunicaron que los festejos habían quedado suspendidos. El presidente me comunicó que una niña de 6 años iba de camino al hospital hacía poco rato porque había sufrido un accidente grave. Nada relacionado con los toros (yo tengo la obligación de estar presente mientras haya toros por ahí, y no sucedió nada). En cualquier caso, ni siquiera esperaban que ingresara viva.

¿Cómo de frecuente será que ocurran estas cosas? Mi tercer espectáculo supervisado, y me ocurre algo así. Al principio no caí en la cuenta. Me suelen suceder cosas extraordinarias que paso por alto. En este caso, hubo quien me hizo reflexionar sobre su excepcionalidad. Llegué a la conclusión de que no es algo frecuente, especialmente teniendo en cuenta que lo consulté con un compañero veterinario y que nada tenía que ver con el espectáculo taurino. Parece ser que lo que le pasó fue que sufrió un ataque de meningitis. Indudablemente, a mi alrededor ocurren cosas extrañas.

Quitando la nota trágica, mal dormimos en el coche y pasamos el día siguiente en playas de Oropesa y Benicasim. Nos quemamos, nos bañamos en un mar de agua calentorra, vimos paisajes magníficos por el camino, y finalmente, rendidos como estábamos, dormimos como auténticos ceporros. En resumidas cuentas, lo repetiría.

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