Sobre el expositor
¿Recordáis aquella exposición fotográfica con la participación de “Buzzefalo”? ¿Recordáis que él mismo explicó que los del CIPAJ le habían comprado 6? Bien. Resulta que ayer mismo ya publicaron 2 en el Heraldo de Aragón, página 14.
Si algún día aparecen accesibles por Internet, lo haré saber en un comentario de esta entrada.
Compañero nuevo, coche nuevo, contrato nuevo
Entre las muchas cosas que han pasado durante el tiempo que no he escrito nada, debería destacar, en orden, que me compré una furgoneta nueva, tengo un compañero de trabajo nuevo, y que finalmente me ha renovado mi jefe y soy fijo.
La furgoneta la estuve buscando y rebuscando un mes entero, sopesando lo que más me convenía y dónde. No en vano, con mi mierda de salario mensual, tuve que ahorrar como una auténtica rata peluda y llorona, durante todo el año y medio que llevaba trabajando. Es decir, que prácticamente todo el dinero que he ganado lo he tenido que invertir en el propio trabajo que me ha dado el dinero. Un poquitín absurdo, teniendo en cuenta que tengo jefe y no soy autónomo.
El motivo por el que vino entonces y no antes, y por qué se tendrá que marchar en breve, os remito a la campaña de saneamiento de la lengua azul, enfermedad transmisible propia de rumiantes. A su vez, el motivo de que esta enfermedad vuelva a aparecer en España tras unos 50 años de haberla erradicado, hay que buscarlo en el cambio climático.
Finalmente, mi jefe me renovó el contrato. No me dijo ni las condiciones ni nada, sólo una frase misteriosa que tal vez recordéis. En cualquier caso, esperaba cierto aumento de sueldo. Cuando ya tenía el contrato delante, y sin leerlo ni nada el jodido gestor me decía “firma aquí, aquí y aquí”, no pude contenerme más y les espeté que si acaso nadie me iba a explicar las condiciones de trabajo nuevas, si es que variaban en algo. Pus sí variaron, en un aumento mísero del sueldo. Haceos a la cuenta de que todavía soy un mileurista. Ahora rozo la cifra. Qué gloria bendita sentí allí, rodeado de mi jefe y gestor cómplice.
No creáis que mi jefe no podría pagarme algo decente, porque si puede permitirse contratar a mi amigo para que no trabaje (cosa que me parece cojonuda, por cierto), es que obviamente gana mucho dinero.
Un día que le pregunté que cuándo me iba a subir el sueldo me respondió (literalmente) “cuando me quites trabajo hablaremos”. Me cago en su mala sombra. ¿Eso significa que no le hago nada? Semanas como esta, en la que he estado trabajando con un fuerte dolor muscular en el cuello y espalda, encima agarrotado por estar a bajo cero, en plena calle, con viento y hielo, y haciendo fuerza al sujetar ovejas… me pregunto si no merecería la pena negarme rotundamente a trabajar. Pero bueno, soy así de imbécil, qué se le va a hacer.
Como suele decirse, más vale tarde que nunca. O cuestión zanjada.
La justificación del huevo
A raíz de las recientes acusaciones de ñoño e incompetente por la entrada sobre James Herriot, anoté una serie de puntos coincidentes entre tal libro y mi experiencia como y entre veterinarios. Digo “entre” porque a veces me siento tan diferente al colectivo profesional, que me pregunto si realmente yo salí de un huevo de puro raro que soy. Podría dar decenas de ejemplos, pero me voy a centrar en lo que veo todos los días, es decir, en mi propio jefe (que, dicho sea de paso, no era jefe hasta pocos meses antes de tenerme a mí como empleado).
Por cierto, antes de continuar, que ningún veterinario que me lea (improbable pero posible) se tome esto a pecho. No me río de nadie en particular; sólo parodio un hecho real como la vida misma. Así que si no tienes sentido del humor, mejor no sigas leyendo, que además es largo y te cabrearás el doble.
Empezando con el tema de la conducción, en mi opinión conduce un poco a lo loco (y sin faldas). Sin ir más lejos, antes de ayer estuvo yendo a 160 km/h por una carretera que, según marca el Código de Circulación, es de 80. Tal vez yo tienda a ir lento, pero soy de la filosofía de que prefiero llegar vivo a jugármela con un reventón a velocidades inapropiadas. Sobre todo si llevo las ruedas desgastadas.
El año pasado mi jefe llevaba las ruedas tan desgastadas que los días sin barro derrapaba en las pistas forestales. Cuando había barro ni os cuento los trompos que hacíamos (y eso que no corría). Total, que un día que llovió, tuvo un accidente. Yo no iba con él ni vi el “beso” (según sus palabras) que se dio. Sin embargo, baste tener en cuenta que él iba por una carretera comarcal, en las cuales tiene la tendencia a recortar las curvas incluso sin visibilidad. Ahí es donde se la dio.
Por cierto, que su solución al desarreglo fue comprarse otro coche (como el móvil que ya conté). El pobrecito anda muy apurado a fin de mes.
Otro punto ampliamente extendido entre los veterinarios es el de ser desordenado, algo que no va nada conmigo. El veterinario medio se caracteriza por ser muy, muy, muy desordenadísimo. Un auténtico desastre, un verdadero accidente en el cosmos. Empezando con su coche y casa (la he visto en tres ocasiones), el caos absoluto impera a sus anchas. Por citar un simple y práctico ejemplo, el coche lo suele tener sembrado de porquerías. Vacunas desparramadas (sin refrigeración), ciemo a paladas, facturas, cartas, recibos, frascos de cristal (algunos rotos), agujas (infectadas y sin usar), hojas de bisturí, cucharas de recogida de encéfalos (por las EETs tan de moda), monedas, insecticidas, rollos de papel de cocina, móviles viejos, pilas usadas, etc. etc. etc.. (abreviando, que ya me enrollo demasiado). Pero lo mejor son las golosinas y silla de su hija pequeña. Es decir, que lleva a rajatabla lo de “toda precaución es poca” por el importante hecho de que lleva y trae a sus propios hijos (5 y 7 años –hoy, que no hace dos años–) en esa máquina infecta.
Por ampliar un poco más el concepto de desorden, os aseguro que es desordenado en todos los ámbitos de su vida (como cualquier veterinario que se precie). Es desordenado para quedar con sus propios clientes (llamadas nocturnas de un día para otro es lo normal), y especialmente para quedar con sus propios empleados (incluso se ha dado el caso de una llamada a las 6:30 a.m. para quedar a las 6:45). Y claro, también es desordenado para cobrar facturas, aunque sólo sea por el mero hecho de que jamás se apunta en un papel cuánto gasta cada cual, ni en qué ni cuándo. Nada. Se supone que se acuerda de unas cinco mil transacciones trimestrales de cabeza. La tiene grande, pero os aseguro que no tanto.
Así que, obviamente, también es absolutamente inútil a la hora de hacer y llevar cuentas. Pero claro, si se tienen pelas, ¿quién lo necesita? Insisto en que realmente el pobrecito anda muy escaso de fondos. No hay más que ver su conducta.
Por supuesto, quien es malo para cobrar también lo es para pagar. Aunque, insisto, sólo sea porque no se apunta tampoco las deudas. Me alegro de que tenga un gestor que le insista todos los meses en pagarme. Aun así, periódicamente le tengo que recordar el “asuntillo” de mi nómina. Y lo más cojonudo es que si tardo en recordárselo, encima me riñe.
Hablando de cuentas sin pagar, también me sorprende que en esta profesión los morosos y malos pagadores vivan tan bien. Cualquier otro colectivo se negaría en redondo en atender las súplicas de nadie que no pague. Sin embargo, aquí no se aplica el sentido económico de lo que es un negocio.
Otra faceta importante de todo veterinario que se precie es ser un cero a la izquierda con cualquier cosa relativa a la informática, o a lo sumo un decimal. Eso sí, en todo aquello relacionado con móviles, está a la última. Nuevamente, yo voy al revés que el mundo.
En el que sí me incluyo es en lo de la mala letra. Los médicos son famosos por esto, pero la verdad es que tampoco he visto casi ningún veterinario con letra decente.
Finalmente, respondiendo a un comentario anterior, sí, a mi querido jefe le ha dado algún golpe de lumbago. Tuvo la suerte de que yo estaba recién contratado por aquél entonces y se pego dos semanitas bien relajado. Ahora va con faja por ahí, lo que junto con los kilos que ha ganado desde que yo trabajo con él (unos 15 –él mismo me lo ha dicho–), me da motivos sobrados para reírme de su “coquetería”.
Si ha ganado kilos desde que yo estoy con él, imaginad quién los ha dejado de ganar en su lugar. Eso sí, me ha hecho fijo hace poco y el sueldo sigue siendo prácticamente el mismo, con lo que, teniendo en cuenta que ahora pongo mi coche para todo, gano menos que el año pasado (sin descontar cristales rotos durante la jornada laboral). Ya contaré cómo queda todo y cómo quedó mi contrato, que aunque ya anuncié algo sobre el tema, jamás terminé de zanjarlo.
Comienza el frío, y frío me he quedado
Ya puedo decir que el invierno ha llegado. Ahora sí. Nieve, viento helado, herramientas de metal (ultracongelante), y dolor, mucho dolor, sobre todo en las manos. El frío entumece las manos, las agarrota y hace que te duelan mucho, mientras se enfrían y también mientras se calientan. Luego te ataca otras zonas descubiertas del cuerpo, es decir, la cara. Si ya es difícil de por sí entenderme e incluso seguir mis razonamientos, con la boca entumecida ni os cuento… ¡porque no me entenderéis! Gracias a Dios aún no he pasado de la fase “entumecimiento” a la fase “dolor labio-lingual”.
Hasta aquí nada fuera de lo habitual. El año pasado ya me pasó; éste no iba a ser menos. Lo extraordinario ha venido cuando hemos terminado hoy de vacunar el rebaño. Tenía que recoger las cartillas ganaderas, las cuales son algo así como un libro de contabilidad de la explotación ganadera, donde se apuntan número de nacimientos, bajas, compras, ventas, medicamentos, piensos, etc.. Algo que el ganadero se supone que tiene que hacer, que para eso es su empresa y para colmo la DGA se lo exige.
Sin embargo, nada más cierto de la realidad. No apuntan jamás nada. Les costaría poco apuntar cada día lo que les ha sucedido justo antes de acostarse, o al levantarse, o mientras ven cómo los animales comen, o en cualquier otro de los muchos momentos durante los cuales no hacen nada. Pero también es cierto que aún les cuesta menos enculárselo al veterinario de turno y que él solito se las componga para rellenarla enterita y “verdadera”.
Por motivos que no vienen al caso, ahora es época de recolección de cartillas (se las lleva mi jefe a casa) y uno de los ganaderos del rebaño de hoy “se había olvidado” de traer la cartilla. Aunque es obligatorio que nos la traigan siempre para que les rellenemos la parte de los tratamientos, lo habitual es que se la dejen bien escondida en algún rincón de su casa.
Así pues, tras acabar de vacunar hemos ido al pueblo a esperar que llegaran los ganaderos y el viejete de turno nos diera su cartilla personal (era un rebaño con 4 ganaderos). Tras un cuarto de hora (Álvaro tenía prisa) han aparecido. He salido rápidamente del coche para seguir al viejete hasta su casa. Tenía que haber ido Álvaro, que para eso tenía prisa, pero hoy estaba hormonado y tenía frío por todo.
Total, que ahí estaba yo, yendo al alcance del susodicho abuelete, cuando, a unos cinco metros, veo que el pantalón parece que le está bajando de altura. Me quedo mirando, a paso más lento, hasta que verifico que, aunque imperceptiblemente, el pantalón se le ha ido bajando poco a poco hasta llegarle a las rodillas. En este punto me he dicho a mí mismo que mi presencia estaba de más, así que mejor dejaba que se distanciara o tal vez incluso me volvía al coche. Sin embargo, justo en ese momento de duda ante el ridículo, el abuelo (de unos 60 años) ha debido pensar que mejor miraba alrededor suyo por si había algún testigo. Entonces, ¡zas!, su mirada se cruza con la mía y me observa con ojos como platos. Si antes yo ya estaba entumecido y frío, por el viento y por la situación de voyeur forzoso, ahora estaba congelado. Esta vez ni la boca ni el cerebro me respondían.
Tras dos segundos en los que el único sonido era el rugido del viento, el entrañable abuelo me ha dicho no sé que excusa de que se iba a cambiar el pantalón (o algo así). Obviamente, no se iba a cambiar de pantalón en mitad de la calle, con semejante viento y frío, y, sobre todo, sin pantalón de repuesto alguno. ¿Qué pretendía realmente? ¿Cagar en medio de la calle en la que él mismo vive? ¿Sacarse la chorra un rato a tomar el aire, a ver si se le congela el apéndice y luego tiene que bañárselo en agua tibia la enfermera de turno? A saber. El secreto se lo ha guardado y yo, desde luego, no he insistido. Hemos recorrido la quincena de metros que faltaban hasta su casa (él sin molestarse en abrocharse el pantalón), me ha dado la cartilla y nos hemos despedido, sin mediar ni media palabra más en todo el trayecto. Rato que se me ha hecho incómodo y largo sobremanera, porque, si recordáis, la cartilla tenía que estar, para variar, escondida en algún lugar inverosímil.
A mi regreso al coche, ahí estaba Álvaro, sonriente como siempre y ajeno a lo que me había sucedido.
Semana bestial
Ahora que ya sabéis lo de que voy bien acompañado al curro, y cuánto hacemos el imbécil, puedo pasar a describiros la semanita que llevo. Si la semana está siendo larga, deducid solitos cómo de larga va a ser la entrada.
Comenzaré con el viernes pasado. Fuimos, en la furgo de mi amigo, a vacunar un rebaño entero. La cosa comenzó muy mal. Muy descoordinada y retrocediendo dos pasos cada uno que avanzábamos. Así que, para variar, tuvimos que hacerlo (casi) todo nosotros. Lo que me fastidió bastante más de lo habitual en esta ocasión fue cuando me cogieron mi puya eléctrica para dedicarse a dar garrampazos a los chotillos (de meses, encerrados en una jaula, sin haber hecho nada –ni poder huir–, y sin objeto) y al mastín (cuyo crimen también fue ser y estar). Por mucho que ellos se rieran, yo no le veía la puñetera gracia en ningún lado. Además, estuvieron tirando plásticos al campo, lo que me recordó a algo que ya os conté una vez.
El lunes nos tocó ir en mi furgoneta (particular y nueva –esta es otra historia–). El día de trabajo comenzó también mal, pero esta vez por nuestra culpa. Mi amigo rellenó una jeringa con vacuna, y yo la otra jeringa con la otra vacuna. O eso creí, hasta que acabé con más de medio rebaño y, sólo entonces, me di cuenta que los botes vaciados eran de la misma vacuna. Mi cara de gilipollas por haber trabajando de balde debió ser digna de fotografiar.
Pese a todo, terminamos bastante pronto aquel día. Por eso, mientras el ganadero se iba raudo, me puse a recordar a mi maestro Yoda (6º de Veterinaria, especialidad de Broma-tología). Un suave “emplea la Fuerza” resonaba en mi cabeza. Así que, ni corto ni perezoso, decidí hundir mi furgoneta nueva en un montón de mierda, para emular la nave de Luke Skywalker hundida en el planeta-pantano aquel.
Por hundir quiero decir que, si bien en la vida había atascado en nieve ni barro, tuve que estrenarme con auténtica mierda, aunque más corrompida y maloliente de lo habitual. Había caído en las famosas mierdas movedizas de Teruel, consistentes en una fina capa helada y sólida por arriba, para engañar a los incautos, y por debajo metros y metros de material inconsistente y pestilente. Allí perdimos media hora empujando, metiendo segunda, llenando de mierda mi furgo nueva por fuera y por el interior (precisamente recién limpiado) con tanto entrar y salir, salpicando con eso mismo nuestra ropa limpia, escarbando junto a la rueda atascada (¿he dicho ya que era mierda impura, contaminada con millones de bacterias descomponedoras?), metiendo piedras debajo… Hasta que averiguamos el teléfono del ganadero, le llamamos, y vino con su cuatro por cuatro a sacarnos de aquel falso camino que en realidad era un montón de mierda con apariencia de camino. Un camino trampa como el que los hombres prehistóricos hacían para cazar mamuts en los lodazales, aunque en este caso sean los pueblerinos cazando estúpidos licenciados de ciudad.
Por fin llegó el martes, día que descubrí que mi jefe había decidido que yo trabajaba (con él) y mi amigo se quedaba en casa durmiendo. Fue el día ese de las frases concatenadas con acentuación anómala, tipo “yo me como los higados en caliente”, seguida al poco de “me cagüen tóos esos chupópteros” (entiéndase “parásito funcionario”).
Si el martes os ha parecido poco, parece que no sois los únicos, porque el miércoles fue apoteósico. Fuimos los tres al mismo pueblo, pero nos dividimos. Yo fui solo a hacer un rebaño y mi jefe se llevó a mi amigo para hacer otro.
Cuando llegaron al punto de encuentro (yo ya había acabado hacía 40 minutos), mi amigo estaba alucinando por “una patada de kick-boxing” que nuestro jefe había dado a una oveja que estaba revolviéndose demasiado. Que hagamos eso él o yo, vale, ya que somos unos tirillas de mierda y no les hacemos ni cosquillas. Pero el morlaco que es mi jefe… cuidado con dónde plante el pie o la mano, que se dejan sentir durante meses.
Así que nos juntamos para ir a hacer el tercer y último rebaño del día, cuyas ovejas no ven mano humana en todo el año. Están completamente asalvajadas. Lógicamente, la proporción de ovejas que se revuelven y fastidian es muy alto. Unido a que mi jefe también debía de estar oyendo a Yoda en su cabeza, provocó un montón de escenas hercúleas para flipar a tecnicolor y con dolby surround. Me refiero a coger ovejas (55 kg) en plena carrera con una sola mano y por la piel de la espalda. La fuerza que hay que tener para eso, sumado a luego levantarla y llevarla en vilo a donde te plazca, para estamparla de espaldas contra otra oveja asalvajada, es considerable.
Sin embargo, la palma me la volví a llevar yo. El cabrón de Yoda gritaba tanto para que usara la fuerza que fui y… rompí la luna trasera del coche del ganadero. Toda añicos de un portazo. Me quedé paralizado, sin creerme lo que acababa de hacer, con su mirada clavada en la nuca, la risa incontrolable de mi amigo resonando en todo el valle, y deseando que se me tragara la tierra (pero no la mierda). Aunque luego todo han sido chanzas sobre si estoy “pasado de fuerza” o si me había pasado con el vino en el almuerzo, lo cierto es que aún no sé si el cristal lo cubrirá el seguro o me tocará apoquinar.
Por cierto, que hablando de lanzamiento de ovejas he recordado que el viernes pasado (el de los garrampazos), yo también usé la fuerza contra una cordera pequeña descontrolada. Lo hice con tan buena fortuna que me coordiné con un salto jovenzano de esos que dan de repente, de tal modo que la dirigí contra la espalda de mi amigo. Le dio con todas las pezuñas, por lo que se enfadó un montón y me soltó un “¡¡qué haces, gilipollas de mieRDAA!!” del que aún me río al recordarlo.
Espero que me perdone después de que el muy bocas haya soltado, delante de mi jefe, “esta semana los Mundos de Astracán lo van a flipar”, a lo que éste le ha preguntado “¿qué estás diciendo?”. Como bien sabe (y dejé constancia por escrito en el blog clausurado), creé este blog y pseudónimo expresamente para que mi jefe no supiera que cuento estas historias y así poder desenvolverme con libertad. Es para matarlo.
Como conclusión a todo lo dicho, la Fuerza me ha abandonado. A cambio, he adquirido la Fuerza Extrema, una religión primitiva a la par que superior, que suele venir acompañada de mierda incrustada en la carrocería de las furgonetas nuevas. Si da asco verla, ni os imagináis el que da olerla.
Por cierto, no me invitéis a vuestra casa en una temporada, que a lo mejor llamo a la puerta y os explota en llamas infernales.
La Fuerza
Una de las cosas que no he comentado, y de momento dejo en el tintero, es que ahora en el trabajo suelo ir acompañado de un amigo, antiguo compañero mío de facultad. Así que me lo paso bastante mejor que cuando iba con mi jefe, entre otras cosas porque tendemos a estar de coña.
Por ejemplo, unas de las chorradas que solemos hacer es manejar a las ovejas (espantarlas, para ser sincero) en plan Star Wars. Concretamente, imitamos a los Jedai en el uso telequinésico de la Fuerza. Así en seco, seguro que os parece la “frikada” de la temporada. No obstante, es bastante divertido hacer el gilimemo con un rebaño entero de ovejas al cual da la impresión de que manejas a voluntad con sólo mover una mano. La explicación es simple. Las ovejas, acojonadas, van hacia donde les dejamos hueco, y si encima hacemos movimientos extraños junto con ruidos fuertes, se dan bastante garbo.
Lo malo de hacer tanto el tonto es que a veces nos pasamos de la raya, y el ganadero o pastor (o ambos), aparece sin enterarnos a nuestra espalda y nos ve haciendo el gilipollas. Bonita la imagen del “señor licenciado veterinario” haciendo ruidos raros en posiciones extravagantes. Creo que el jefe aún no sabe nada de todo esto, pero si seguimos así, no tardará mucho en enterarse. Menos mal que mi amigo, cuando nos damos cuenta de las situaciones dantescas que generamos por nosotros mismos, se parte el pecho. De este modo, al menos el ganadero se da cuenta que no estamos locos, sino que estamos jugando.
Al menos nos lo tomamos con filosofía, la Filosofía de la Fuerza. ¡Qué la Fuerza os acompañe!
Matización sobre la exposición fotográfica
Lo mejor es que os dirijáis directamente a los siguientes comentarios, ya que el propio autor de las fotografías lo explica todo mejor y de forma más precisa que yo. Tan sólo os adelanto el siguiente enlace:
A buen entendedor… Capítulo 3
Hoy, tras un mes y pico sin ir con el jefe a trabajar (esto es otra historia), ha sido uno de esos días memorables en los que te sueltan cinco palabros y no te queda otra que reírte para tus adentros. Reírte, como ya dije en su día, de los posibles equívocos que se podrían dar con cualquiera que sea un poco estrecho de miras, no del mal uso de las palabras.
Antes de seguir, hago notar que tengo la “mala costumbre” de escribir con acentos y todo. Incluso acentos diacríticos, que más bien debiera decir que son acentos críticos en más de una ocasión. Por tanto, leed todo esto con el acento aragonés apropiado, el que tiende a cambiar de lugar los acentos (como “pajaro”) o pone acentos en más de una sílaba (véase “Záragozá”).
Hoy hemos terminado bastante pronto de trabajar (a eso de las 10:30). Antes de nada, ya os lo confirmo: sí, esa ha sido toda mi jornada laboral hoy. Y habitualmente no da para mucho más. Pero oye, qué se le va a hacer. Haber estudiado 5 años una carrera para luego terminar lleno de mierda hasta el cuello sin aplicar ni un solo conocimiento de los supuestamente aprendidos, algo reconfortante tenía que tener.
A lo que iba, que estábamos almorzando pronto, así que la sobremesa ha sido larga y tendida. Con lo cual, los ganaderos han hablado, y mucho. Sin entrar a pormenorizar los tópicos que suelen cubrir, los comentarios machistas y pseudo–machistas, ni, en definitiva, los temas en sí, baste con citar alguna de esas frases célebres que tanto me chocan:
– Este Callo vive como un majara.
“Bueno”, he pensado, será que le gusta mucho irse de farra y desfasa demasiado con el alcohol”.
– Sí, sí. Este Callo vive como un majara, pero cuando le entra la tarantula se pone mal
“¿Qué le entran arañas en la cama y de periódicamente le muerden? Joder, la próxima vez que vayamos a su casa me fijaré bien dónde me siento”.
– Es que el plumón le fastidia mucho […]
Aquí ya no sabía qué pensar: “¿Es que además de arañas mordedoras y venenosas correteando por la cama, también tienen gallinas y es megaalérgico?” Obviamente, no he pensado esto. A tales alturas, y con la experiencia que tengo, ya me imaginaba de qué iba la cosa. Sustitúyase “majara” por “marajá”, “tarantula” por “telele” (incluso “tarantela” viene demasiado pillado por los pelos) y “plumón” por “pulmón”, y compréndase el verdadero significado de la conversación.
Como se diría por aquí “espero que hayáis gozao tanto como yo, muchachos”.
La crisis llega a Internet
Ni siquiera la red va a quedar a salvo de la criba que va a suceder. El mismo Yahoo! andaba tiempo buscando alguna estrategia para salir a flote, hasta que al final ha tenido que rendirse y despedir a una parte importante de su plantilla.
Sin embargo, Google parece que es inmune a todo esto y sigue ascendiendo a un ritmo más que increíble. Además, hay que esperar a ver los efectos que tendrán sus nuevos lanzamientos: la publicación del código fuente de Android (sistema operativo para móviles) y el navegador Chrome (hace un par de meses). Se ha interpretado esto como un ataque a Microsoft o a Firefox. Curiosamente, el propio Google sustenta a Firefox en un 80%, siendo Chrome al primero lo que Mozilla al segundo.
Google se extiende cada vez más y cada vez en ámbitos mucho más diversos. Por eso la seguridad de nuestra privacidad en la red se ve cada vez más comprometida, incluso sin necesidad de alistarnos a ninguna red social que haga mal uso de nuestros datos o que sufra un ataque de phishing (incluso han hecho un vídeo en el que te enseñan cómo hacerlo). En ambos casos hablo de Facebook, por cierto.
Exposición
Tras un montonazo de días sin un breve momento para transcribir mi opinión respecto a las muchas noticias que he leído (lo que incluye la llegada de Obama a la Casa Blanca) ni las “aventuras” que me siguen sucediendo (tengo tomadas notas, no os preocupéis), hago una fugaz entrada.
Lo único que pretendo es anunciar que mi hermano va a poner una foto suya en la viajeteca (o viajoteca) de Cuarte, el próximo día 24 de Noviembre (hasta fecha que desconozco), en el Centro Cívico del Ayuntamiento. Es algo así como una recopilación de publicaciones para planificar tus vacaciones y viajes. Son 49 fotógrafos, 49 fotografías de 30 × 40 cm., 49 países.
El ayuntamiento de Zaragoza también le ha comprado unas cinco fotos para publicarlas algún día en no se sabe muy bien donde. Cuando lo averigüe, lo comunicaré.
Por cierto, que si queréis ver alguna foto de mi hermano antes de ir, podéis simplemente clickar sobre el enlace “Buzzefalo” de la derecha.
Y mañana pondré algo que no sé por qué no se publicó hace un mes (vamos, que lo tengo ahí escrito pero sin publicar –olé mis eggs–).