Amenazas sin precedente sobre el Pirineo aragonés y Concentración en Portalet

31 Marzo 2009 at 18:50 (Medio ambiente / Ecología / Ecologismo, Tocadas de…) (, )

A diferencia de la iniciativa esa de la WWF para apagar las luces una hora entera el fin de semana pasado, que creo absolutamente inútil e ilógica, anuncio una charla y posterior protesta a favor de la protección de las montañas ante la especulación urbanística y de las pistas de esquí.

La reunión informativa será el jueves 2 de abril, a las 20 horas, en el salón de actos de la “Federación de Barrios”, C/ San Vicente de Paul 26, 2º (Zaragoza).

La protesta (o manifestación) será el 19 de Abril en el Portalet. Consistirá en la usual excursión que hacen por el medio de las pistas de esquí. En mi opinión, hacen muy bien en reclamar así un camino que es de todos, para uso y disfrute de la naturaleza, y cuyo entorno jamás debería ser destruido como lo están haciendo.

Más información en Plataforma en Defensa de las Montañas de Aragón.

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Jefergúmeno energéticamente ineficiente

30 Marzo 2009 at 23:58 (Aventuras y Desventuras) (, , )

Mis fans (uno, para ser exactos) me reclaman. Por eso voy a dejar de lado a Calimero y dedicarme un poco a esto de la escritura, que se me acumulan muchas cosas en el tintero y al final tengo que optar únicamente sólo por las de índole personal y no todas, sino unas pocas. Hablando de Calimero, en realidad no lo he dejado de lado, sino que tengo una hora y media muerta entre francés e inglés y no voy a volver al pueblo para estar con él media hora. Lo que debería de hacer son los deberes que nos mandan, o estudiar un poco, que precisamente con el perro no hago nada de lo que debo.

Sin más dilación, voy a entrar en materia. Como el título indica, voy a hablar de mi jefe. Si habéis leído algo al respecto, sabréis que voy a hablar, por lo menos, de su estilo de conducción. Como es habitual en mí, no exageraré, sólo puedo hacer algún comentario sarcástico.

Empezando por los orígenes, mi jefe tenía antes una furgoneta Kangoo. Era raro el día que le metía la quinta. Es del tipo de gente que aprieta el acelerador hasta el fondo y hasta que no alcanza las 3.000 revoluciones por minuto no sube de marcha.

A veces me pregunto si tiene problemas de oído, ya que también tiene por costumbre poner los intermitentes (e incluso luces de emergencia) y no quitarlos hasta que lleva más de 5 minutos conduciendo. Sin ir más lejos, la semana pasada, para salir de la autovía, puso el intermitente derecho con 2 kilómetros de antelación (mucho antes del primer cartel azul de salida). Lo bueno es que al menos usa los intermitentes. Pero cuando al salir de la autovía recorrimos unos diez kilómetros por carreteras comarcales (de esas que no tienen ni línea de separación de carriles), y da la puñetera casualidad de que nos cruzamos varios coches que no saben a qué atenerse con nosotros, la cosa empieza a ponerse seria.

Volviendo a lo de usar marchas demasiado cortas, haceos a la idea de que con la furgoneta aquella le vi ponerse a 120 km/h en tercera. No fue un caso aislado, aunque tampoco frecuente. Al menos solía meter cuarta, aunque la quinta no la usara casi nunca.

Aun recuerdo cuando su mujer se compró un coche de cambio semiautomático y me dijo a mí que se le quejaba de que no tenía tirón, es decir, que en el modo automático metía marchas más largas de a lo que estaban acostumbrados. La solución de mi jefe fue decirle a su mujer que si fabrican coches que no se pueden conducir, pues que fuera en modo manual constantemente y se acabo. Nada de aprender a conducir de una vez, sino perseverar en el error.

De hecho, en las ocasiones que hemos ido los dos en mi coche, mi jefe y yo, siempre me ha estado diciendo, además de por dónde tenía que ir, si cambiaba de marcha demasiado pronto. Para empezar, tengo mejor orientación y memoria (ya sé ir a todas las parideras mejor que él). Además, visto lo visto como copiloto suyo habitual, raro es que yo yerre al elegir el camino más corto o al valorar cuál es el mejor en aquellos casos en los que podemos “rascar suavemente” los bajos con pedrolos de veinte centímetros de diámetro. Para terminar, mis cambios de marchas se los tiene que comer con patatitas y retorcerse pisando pedales imaginarios, porque jamás he calado con él ni me ha hecho falta rectificar y bajar de marcha.

En resumen, me pone enfermo cuando me toca poner a mi el coche para los dos por sus continuas indicaciones sobre cómo tengo que conducir. Es más, me pone doblemente enfermo, porque ante todo tengo que poner yo mi coche para la empresa.

Retrocediendo otra vez a lo de la furgoneta, desde que se ha comprado un coche con 6 marchas, ¿adivináis cuál es la máxima que mete? Quinta. La cuarta sigue siendo su preferida. La sexta se la reserva para poblados. Como lo leéis. La única ocasión en la que le he visto meter la sexta ha sido en una carretera muy concreta de 80 km/h que, por si fuera poco, atraviesa un pueblo por un lateral. Vale que en ese tramo casi ni entra en el pueblo; vale que seguramente nadie viva en esas dos casas a mano derecha; pero leches, hay carteles indicando que es poblado, que está prohibido ir a más de 50 y él sabe que hay varios ganados pululando cerca y que justo a la salida hay una curva muy cerrada y un puente de un solo carril.

Así que, por si acaso echaba en falta las sensaciones fuertes que comenté hace poco menos de un mes, la semana pasada (también) mi jefe tomó una curva de 40 a 70, salió acelerando para meter la sexta, entrar en poblado y alcanzar los 180 km/h, y nada más alcanzarlos, desembragar para frenar apuradamente con sólo las pastillas, tomar otra curva de 40 a 80 y pico, acertar entre baranda y baranda del puente, y lograr no estamparnos contra el fondo seco del barranco o contra alguien en sentido contrario. Recuerdo que pensé que “está haciendo un día muy bonito, pero no tanto como para morir”. Me debió de leer el pensamiento. Por haberme alegrado demasiado de haber salido vivo de esta enseguida volvió a meter la sexta. El resto de la carretera comarcal, insisto que de 80 km/h (según el Código de Circulación), discurrió a 150 km/h.

A este paso voy a desarrollar alguna enfermedad crónica en las glándulas suprrarenales por tanta secreción de adrenalina, o tal vez el resto del organismo se me habitúe a dicha hormona y pase a no inmutarme aunque me pase una locomotora por encima.

Dejando de lado esta última apreciación, voy a terminar haciendo alusión a lo que el título intenta reflejar.

Resulta obvio que el consumo de diésel de mi jefe tiene que ser algo exagerado. Imaginaos que le he visto circular en primera durante un kilómetro entero. En el coche nuevo que tiene, donde puedo leer los consumos puntuales, no resulta raro que alcance el máximo de 30 l/100 km. Por quemar gasoil, lo quema incluso cuesta abajo. Es capaz de meter marchas tan cortas que luego tiene que acelerar hasta los 17 l/100 km en pendientes prolongadas y pronunciadas. Peor es cuando a golpe de hombro consigue meter la segunda a 80 km/h (o la primera a 40 km/h), para luego mantener el pedal desembragado y ni siquiera retener con el motor.

Una de las ventajas del marcador de consumo es que ahora sé cuándo empieza a frenar antes de llegar a una curva. Otra ventaja es que un día, en el que apretó no sé qué botón, vi que su consumo medio es de 7,7 l/100 km (según el manual de Suzuki debería de ser de 6,6 para el mixto –desde 5,7 hasta 8,1–). Yo, que cambio a marchas bastante largas, gasto 5,16 (supuestamente 5,8 –el de carretera pura y dura, es decir, el mínimo, sería de 5,1–). Cómo lo logro es un tema que tengo pendiente.

En conclusión, en todas estas ocasiones me gustaría preguntarle si sabe lo que significa la aguja esa que hay junto al velocímetro, esa en la que pone “rpm x 1000” y que está junto a la de “km/h”. Aunque lo más probable es que no sepa ni para qué es ésta segunda.

Por otra parte, pensándolo bien, que me toque poner a mí mi coche tampoco es tan malo, especialmente si voy a trabajar solo. De este modo el periodo de inseguridad física de mi persona se reduce a las horas en que estoy entre mierda u ovejas locas, sin contar que además puedo llevarme a Cali y enseñarle mundo, pararme a hacer fotos donde me dé la gana, o cualquier otra cosa sana y segura.

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Reuniones de trabajo

23 Marzo 2009 at 12:36 (Aventuras y Desventuras) (, , )

La primera reunión fue la tan esperada de la ADS. Se trata de una reunión anual en la cual se supone que mi jefe, perceptor de importantes subvenciones por ser titular de una ADS, organiza una cena para devolver parte de las mismas entre todos los ganaderos inscritos en la misma (sus clientes en realidad). Se supone que así se gasta todo lo que ha solicitado al Estado en base a, por ejemplo, “ayudas para la instalación de comederas para Comerrún”. No quiero entrar más ahí, pero me da la impresión de que tales ayudas jamás son invertidas en nada, sino que mi jefe se las queda en el bolsillo y que luego no gasta ni la quinta parte de lo que le dan en la susodicha cena.

De todas maneras, lo que hoy me interesa es la cena en sí. Cena a la que acuden todos como hienas hambrientas y sedientas, para comer hasta hartarse y beber hasta no poder caminar en línea recta. De ahí que sea tan esperada (meses antes de celebrarla ya me preguntan que cuándo va a ser). Por mi parte, admito que yo también como chuletas de cordero como un buitre, pero qué le voy a hacer si no puedo permitírmelas en todo el año. Lo que desde luego no hago es jugármela bebiendo de más sólo por llenar el buche a la voz de gratis.

Este año, mi segundo en este tipo de reuniones, ya tenía algo de experiencia y supe dónde no sentarme. En otras palabras, no repetí la experiencia del año pasado, cuando me dejaron vacante el asiento al lado de la única mujer que acude siempre a la cena. No es que ella me cayera mal, pero la pobre, que podría ser mi madre, es un muermo y a su alrededor la gente se comporta demasiado bien, con lo que genera un aura de aburrimiento insufrible. Si bien podrían acudir más mujeres a la cena, que para eso suelen ser ellas las propietarias del ganado y sus maridos los pastores que ellas contratan (resultado lógico de las leyes para la jubilación), no es éste el caso. Puede que sean lo suficientemente inteligentes como para saber que estarían fuera de lugar, o puede que sus propios maridos les oculten esta posibilidad. El, por tanto, extraordinario caso de la mujer que siempre acude se explica si tenemos en cuenta la familia a la que pertenece. Es, precisamente, mujer de aquél miembro de la Junta cuyo hermano denunció al hermano de otro miembro de la Junta. No es por nada, pero en esa familia, con lo chacales y malos que son, lo raro sería que la mujer no fuera también a una comida “de gratis”.

Como decía, este año me senté bien lejos de dicha familia, y por lo menos me reí. Aunque también tuve que sonreír a la fuerza, y mucho rato, cuando empezaron a contar historias “de golfas”. Por un lado, me parece muy triste tener que recurrir a tales mujeres, pero más tristes es si tenemos en cuenta que casi todos ellos están casados. Además, son muy cansinos y repiten una historia que podría ser contada en un minuto hasta alcanzar el cuarto de hora. Con lo cual, de tanto sonreír por pura educación y con la esperanza de que dejen de repetirse al entender que ya lo has pillado (no me sale reírme en falso), las mejillas llegan a doler.

Os ofrezco un ejemplo verídico a la par que sufrido (por mi parte), elegido por no introducir personajes nuevos. El presi de la ADS, que estuvo solicitando mis atenciones de forma completamente inusual, más que seguro gracias a la ayuda de los cubatas almacenados entre pecho y espalda (como sus rubicundas mejillas demostraban), me contó cierta historia “graciosa”. Trataba sobre otro miembro de la Junta, el bocas del que ya hablé. Resumiendo, cuando tenían unos 22 años, el bocas fue a ayudar al padre del actual presi a esquilar su rebaño, tarea que les llevó dos días agotadores (madrugones, riñonadas y peleas con las ovejas). Para su sorpresa, el dueño del ganado le pagó bastante dinero, el cual no pudo evitar dejar de fundir en una sola noche. Al día siguiente, cuando se reunió de nuevo con su quinto, estaba hecho polvo. El último le preguntó que qué le pasaba, a lo que el bocas le respondió “¡Ay, C.! No sé para qué nos dio nada tu padre. Qué mal que pasan las ovejas, ¡pero qué suaves pasaban las tías anoche!”.

Oír esta frase unas 20 veces (y el relato completo unos 15 minutos), agota mentalmente a cualquiera. Especialmente cuando no te hace ni pizca de gracia simplemente porque no se la encuentras, sin contar siquiera con que confesó que a esa edad ya tenía novia (su actual mujer). Lo único que pude replicar al muy bocas, en lo cual parece ser que el presi no había caído en la cuenta tras más de 25 años de amistad, fue que ya sería para menos. Que a lo sumo pagó a dos mujeres sus servicios, que las nueve que pretendía el fantasmón de él, tras y antes de madrugar a las 5, para esquilar cien ovejas a mano por día, y luego yéndose de fiesta hasta las tantas, era humanamente imposible por muy joven y vigoroso que fuera. Con eso y sonreír me quedé.

A las dos de la mañana, tras oír cada vez más de lo mismo, pensé “hasta aquí hemos llegado”, y me fui a casa a dormir. Lo mejor de todo fue que al día siguiente (un viernes) no trabajé, ya que mi jefe, responsable de pagar hasta el último cubata, tuvo que quedarse hasta que el último golfo también se piró. Menos mal que no les invita también “al club”, porque, con lo buitres que son, seguro que los restos de la subvención se le quedaban cortos con creces.

En cualquier caso, al día siguiente a mi jefe no le apeteció madrugar y no hubo trabajo. Por tanto, en toda la semana sólo trabajé dos días, aunque el jueves fuera bastante ajetreado y tuviera que comer a las 5 (y luego cenar a las 9:30).

La otra reunión fue el último jueves en el Colegio de Veterinarios. Casi prefiero la de los ganaderos, que son más simples y lo único que les tira es el estómago, con lo que siempre sé a qué atenerme. Por el contrario, con los veterinarios, donde abundan los hipócritas y traidores, junto con los imbéciles de remate, me pongo de verdadera mala leche.

Para empezar, las reuniones empiezan siempre media hora tarde “por si acaso viene alguien más”. A la tercera ya me lo aprendí, y ahora soy yo el que llega siempre media hora tarde. Luego comienza la tanda de intervenciones estúpidas y contraproducentes que no llevan a ninguna parte. Puedo soportar que la gente desvaríe y se vaya por los cerros de Úbeda en cada intervención, o incluso que vuelvan a temas de los que ya se ha hablado, pero que digan exactamente lo mismo hasta en cinco ocasiones entre tres personas (sí, los hay tan imbéciles que repiten), no lo soporto. Sobre todo cuando una reunión que podría llevar como mucho tres cuartos de hora se alarga hasta las dos horas y media largas. Parecía más bien una convención de retrasados mentales donde cada cual lo único que quiere a toda costa es arrimarse el ascua a su sardina, sin importar un bledo alcanzar a un consenso en el que salgamos ganando todos.

Otro motivo por el que me puse de mala leche fue que la Junta de Dirección del Colegio está compuesta por varios hijos de puta mayúsculos. Hipócritas que solicitan y exigen cumplir con el código deontológico y ética profesional, cuando ellos son los primeros que no dudan en pisarle el cuello al primero que se cruza en su camino (camino que no es suyo). Ejemplos hay muchos, pero baste recordar a mi querida “vecina del pueblo”, la que me hizo aquella putada tan gorda el primer año y el segundo me la volvió a intentar jugar. Este tercero ya veremos qué hace, o mejor dicho, qué me dejo hacer. Volviendo a la reunión en sí, hubo cierto momento en el que tuve que solicitar zona de actuación para la campaña de vacunación antirrábica, y me intentaron endilgar la zona de Teruel, que es la peor, por “tener yo una ADS en esa zona”. Rápidamente les contesté que, en primer lugar, yo no poseo ninguna ADS, y en segundo lugar, la zona en cuestión ya estaba repleta, así que no podía ser de ninguna manera. Mi jefe saltó también en seguida, desde la otra punta de la sala, en mi defensa y dando dentelladas. Bien clarito dejó que yo no soy titular de ninguna ADS, que si acaso no lo saben siquiera en el Colegio. Todo parecía indicar que me la estaban intentando volver a jugar, pero en cuanto oyeron esta frase bajaron la mirada y aceptaron que yo eligiera lo que más me convenía.

Volviendo a mi mala leche, el punto culminante fue el dolor de cabeza que me entró. Supongo que fue de pura deshidratación, que con el día tan ajetreado no me dio tiempo casi ni a beber agua.

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Calimero, un perro con suerte bastante listo

19 Marzo 2009 at 14:56 (Aventuras y Desventuras) ()

Calimero es un perro cruce de perra pastora (chucha) y mastinaco español. Cuando a los dos meses de haber nacido lo iban a matar, entre otras cosas por ser el más pequeño de la camada, tuvo la suerte de cruzarse con Eva y que sus amos mostraran algo de humanidad. Estos le propusieron a la primera que le pusiera una inyección letal en vez de matarlo a cogotazos, como es usual. Eva tuvo que contestar que eso no iba a ser así, dado que el barbitúrico letal está controlado al mililitro por el estado. Esto es muy lógico, no sea que a un veterinario loco le dé por matar contribuyentes en vez de, como es el caso, ovejas enfermas. En resumidas cuentas, que lo iban a matar de una forma algo desagradable enfrente de ella, y sin pensáserlo mucho (aunque muy bien hecho), lo adoptó.

El segundo golpe de suerte de Cali fue que la familia de acogida le tratara más que bien y encima contara con dos veterinarios a su disposición día y noche. El pobre había pasado tanta hambre que, analizando las heces, observamos que había estado comiendo pienso para corderos. Por supuesto, lo primero fue darle una alimentación apropiada a su edad y desarrollo del aparato digestivo, junto con un programa de desparasitación completo totalmente personalizado y con un seguimiento permanente. Desparasitación que le vino como agua de Mayo. Imaginaos que estuvo estreñido dos días por las pelotas de gusanos que posteriormente logró tirar. Además de cantidad, el tamaño de las mismas era proporcionalmente monstruoso. Hice fotos de alguna lombriz que le llegaba desde el ano hasta el suelo y aún no la había terminado de echar.

El tercer golpe de suerte le llegó al venir a vivir conmigo, a una casa de campo que cuenta con corral propio. Aunque yo y su dueña pasamos muchas horas con él, las pocas que está solo no puede quejarse de monotonía. Además, también poseo una furgoneta muy apropiada para transportar animales (la compré pensando en hipotéticas mascotas), con lo que me lo puedo llevar al curro los días que trabajo solo.

Además de tener suerte él, parece que la contagia a los de su alrededor, ya que, por hablar de la primera semana que ha venido conmigo, resulta que he trabajado sólo 2 días y el resto los he pasado con él paseando y enseñándole cosas. Ni qué decir tiene que tras la semana de frío tan horrible que pasamos, aprovechar estos días de sol en el campo no tiene precio.

Lo que más me gusta de Cali es lo increíblemente listo que es. Habiendo estado sólo dos semanas conmigo, ya he conseguido enseñarle muchas cosas: su nombre, responder correctamente a “ven”, “vamos”, “toma”, “¡no!” y “quieto”, no comer de su plato hasta que yo se lo permito, no tener miedo a la gente (y luego a que no se vaya con cualquiera), ni tampoco miedo a los perros (se meaba de pánico, pero enseguida vio que cierto perro que yo tenía fichado no hacía nada malo), aceptar pasear con correa, no morder nada en casa (sobre todo los cables), no entrar a las habitaciones que no le dejo (como la cocina), no subirse a ningún tipo de asiento apropiado para humanos (durmió en sofá durante semanas, así que no fue tan sencillo), no cagar en casa (el pis aún no se lo aguanta), que recoja una pelota y me la traiga, y creo que no me dejo nada. Tengo vídeos y fotos para demostrar que es verídico.

Al principio no podía creerme que naciera en Navidad. La mayoría de las cosas no me ha costado más de 3 minutos enseñárselas. El sistema recompensa-castigo funciona maravillosamente bien.

La recompensa es simplemente darle de comer, jugar con él, o una simple caricia y palabras de enhorabuena. Mi opinión es que dar golosinas a los perros lo único que hace es malacostumbrarles a que no te hagan caso cuando realmente necesitas que te lo hagan y no llevas encima ninguna.

El castigo, que básicamente es levantarlo en vilo por la piel del cuello y gritar “¡no, no, no!”, es más que suficiente (sospecho que tenía miedo a las personas porque le cogían así para pegarle). Además, sólo es necesario en situaciones en las que corre riesgo su seguridad, como morder cables o no dejarse llevar de la correa, o cuando se encabezona en hacer algo a lo que ya está acostumbrado, como subirse al sofá.

En cualquier caso, no es que yo sea un buen adiestrador, sino que el perro es muy inteligente y ya venía medio enseñado. Por ejemplo, cuando quiere hacer sus necesidades, suele avisar gimiendo o gruñendo un poco, además de que se contiene mucho. Basta estar atento para saber que tengo que sacarlo al corral, y entonces le doy un premio para reforzarlo.

La única pega del perrico es la afición que tiene a morder a las personas (a los niños jamás). A veces se pasa de la raya, pero espero que se le corrija por sí solo en cuanto crezca. De momento no le riño demasiado porque cuando lo he hecho se ha creído que le reñía por jugar, y no se trata de eso.

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Llorones

13 Marzo 2009 at 22:54 (Aventuras y Desventuras) (, )

Tenía apuntada por ahí una historia curiosa desde hacía casi un año que por fin voy a dar a conocer. Sin embargo, antes os he de poner en situación (espero poder detallar cada punto en próximas entregas).

Primero, Cali (abreviación de Calimero), el perro salvado por Eva, se ha venido a vivir conmigo al pueblo. Segundo, ayer fue la cena de la ADS (¿recordáis la pre-reunión?), con lo que llegué a casa muy tarde (a las 2 de la mañana). Tercero, si habitualmente tengo el sueño bastante ligero, esta semana, que he dormido bastante (sólo he trabajado 2 días), con más razón.

Esta mañana me he despertado con los aullidos y lloriqueos de Cali, que cierro por la noche en una habitación en el piso de abajo (se trata de una vivienda unifamiliar). De este modo, espero que se acostumbre tanto a dormir solo como a estar en un piso, por lo que pudiera depararme el futuro (ojalá que cambie).

Como decía, me han despertado los aullidos de Cali. He pretendido ignorarle y continuar con el sueño hasta alcanzar las 8 horas, pero no he podido de puro cargo de conciencia. Al final he bajado a darle de comer y dejarle salir al corral a eso de las nueve y media. En ese momento, cuando he abierto la puerta, me he dado cuenta de que no era él el que estaba lloriqueando, sino el perro del vecino. Muy torpe por mi parte por varias razones. Por un lado, el ruido era externo a la casa, y por otro lado, Cali jamás ha aullado de semejante manera. La moraleja de la historia es que tener mala conciencia sobre algo te puede hacer creer lo increíble.

Todo el asunto me ha recordado a la historia que he comentado al principio. El año pasado, durante el mes de Abril o Mayo, pasé una temporada durante la cual tenía pesadillas todas las noches. Tantas tuve, que incluso me acordaba de alguna de ellas al alba y decidí anotar alguna de ellas. Concretamente, voy a contaros una pesadilla que tuve cierta noche de sábado que me quedé en el pueblo.

En el sueño, yo estaba en una casa de pueblo de Teruel, de aquellas viejas. Me encontraba en una habitación más bien oscura. Acababa de entrar a ella por una puerta de dintel bajo, adoptando la clásica postura de jorobado de Notre Teruel. Atrás dejé alguna otra estancia también muy poco iluminada, y delante se me presentaba otra puerta aún más pequeña que daba a unas escaleras cuyo fin era imposible discernir por la absoluta ausencia de luz. En este punto, con tanta oscuridad y viéndome enfrentado a unas escaleras con peldaños desiguales, de altura típicamente doble a la habitual hoy en día, y profundidad bastante escasa para mis pies, en este punto ya empecé a sentir cierto desasosiego.

De pronto, mi hermana Paula, pasó junto a mí y bajó por las escaleras a toda mecha. En su conjunto, no recuerdo muy bien por qué, parecía que estuviera loca. Cuando digo loca quiero decir esquizofrénica. Una vez abajo, empezó a dar gritos que, desde luego, terminaron de matar cualquier gana que yo tuviera de atravesar la puerta de la escalera, pero, al mismo tiempo, tampoco podía volver por donde había venido abandonándola allí. Estaba paralizado, entre la duda y el pánico.

Lo malo de veras comenzó cuando se calló, porque dio paso a una serie de lloros agudos y penetrantes propios de un bebé. En el sueño tuve clarísimo que había dado a luz. Tan rápido como yo comprendí esto, mi madre atravesó de pronto la estancia en ayuda de mi hermana, al tiempo que me gritaba que hiciera algo útil y fuera a por toallas.

Pero yo no podía. Los llantos me tenían paralizado. Además, no me explicaba cómo podía haber dado a luz a ningún ser si no estaba embarazada. Relacioné esto con su locura manifiesta y llegué a la conclusión de que todo era obra del Maligno.

El clímax de la pesadilla llegó cuando, tras este rápido razonamiento, mi madre restauró sus gritos exigiendo ayuda, aunque esta vez desde abajo, todo junto con un redoblado llanto. Había una segunda criatura en escena. Ésta subió reptando las escaleras sin dejar de gemir. Cuando se abalanzó sobre mí, con demasiado afán para mi agrado, no podía zafarme de ella debido tanto a que estaba sanguinolenta y, por tanto, resbaladiza, como a la tremenda fuerza con que se aferraba a mi brazo. En la lucha que siguió intenté encender la luz (ya sé que lo podría haber echo mucho antes, pero recordemos que era una pesadilla), pero la criatura me arrastraba lejos del conmutador y no lograba alcanzarla ni siquiera con el pie.

En la vida real, en la cama, mi corazón estaba desbocado. Me desperté gimiendo y dando patadas dirigidas a encender la luz. Lo que hice fue propinarle alguna a Eva. El problema, no obstante, era que yo creía estar despierto pero ¡seguía oyendo el llanto del Anticristo! En la más completa oscuridad, no sabía si estaba despierto o no, y ni siquiera dónde estaba. Así que me incorporé, frenético, sudando, con el corazón a 190 y tirando las plumas por ahí (todo es verídico, especialmente el sudor frío).

En este punto, mi paleocórtex dejó actuar al neocórtex. Tras esos segundos que parecieron minutos, por fin empecé a razonar, ubicarme y dejar de lado temores tan irracionales. No obstante, junto a la voz de Eva diciéndome que me tranquilizara, continuaba oyendo los tétricos lloros. Pese a todo, deduje que debían de ser de corderos recién nacidos de ciertas ovejas que estaban a unos 20 metros de mi habitación. Os lo creáis o no, también recordé y comprendí inmediatamente el verdadero alcance de la película titulada El silencio de los corderos. Creo que casi nadie comprende realmente el significado de un título tan sobrecogedor. Seguramente la adrenalina ayudó bastante en la cadena de razonamientos tan rápidos y acertados.

Aunque había reservado esta historia para Mayo, por las curiosas coincidencias que he dejado resaltadas en negrita, no sé si tendré tiempo para hacerlo, así que aquí la presento.

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Conversaciones Carlistas en medio de una ventisca

9 Marzo 2009 at 10:09 (Aventuras y Desventuras) (, , )

La primera conversación interesante de la tarde fue la que mi jefe no mantuvo conmigo, sino con el veterinario que estaba antes que nosotros ecografiando a las ovejas.

Versó sobre cierto compañero del Colegio al que diagnosticaron leucemia hace dos meses. Vale que es una putada para él y su familia, sobre todo porque es autónomo y no tiene seguro, pero no es ético lo que trata de hacer ninguno de ellos. Lo mire como lo mire, y no por el enfermo precisamente, se trata de una injusticia más en el mundo. Lo primero que hay que tener en cuenta es que el enfermo está respondiendo muy bien al tratamiento; tanto que ya le han dado el alta. Sin embargo, no debe de ser verdaderamente consciente de que no puede ni podrá trabajar en ambientes cargados de patógenos como el nuestro hasta dentro de muchos años. No hay cliente que esté dispuesto a soportar esto por muy bueno que sea. Sus animales necesitan cierta atención y no entienden de citas previas.

Entre las injusticias, primero resulta que la solución a su obvia indisposición para seguir él solo con su ADS no es contratar a un ayudante, sino repartirse los clientes de la misma en una especie de merienda de veterinarios negros, donde los “negros” son otros veterinarios amigos suyos. Por cierto, que sus amigos son todos dueños de alguna ADS de la provincia, ya que el año que se inventó e instauró el rollo este de las ADSs, mi jefe y todos sus amigos terminaron la carrera y se las repartieron a dedo. No tengo más que decir que todo ellos tienen casi casi la misma edad, con un intervalo máximo de 5 años (mi jefe, desgraciadamente, es de los jóvenes).

En segundo lugar, informo de que el veterinario al que han decidido darle la parte mayoritaria de la ADS de forma “temporal” es justamente el que estaba ecografiando cuando llegamos allí. No obstante, son tan inútiles que, aun jugando con semejante ventaja, han dado tiempo suficiente para que reaccionen los de cierta cooperativa aragonesa (compuesta por esclavistas y sacasangres de veterinarios recién licenciados). Si bien los segundos son unos grandísimos hijos de puta que no merecen los favores de ningún veterinario que se precie, tampoco creo que el perpetuar un sistema feudalista-caciquista como el que pretenden los de las ADSs sea mucho más ético. Esto y cómo les denominaba “mamones” mi jefe fue de lo poco que pude oír con ventisca y desde 3 metros de distancia, mientras el mismo me daba la espalda y se alejaba de mí, todo seguramente a sabiendas en un intento de dejarme al margen.

La tercera injusticia es que la hermana del enfermo, funcionaria de la DGA, se supone que le va a intentar “enchufar en algún rincón”. Según mi jefe, tendría que ser “funcionario de lo que sea, si fueran medio normales”. Como si fuera normal o siquiera justo.

La segunda conversación comenzó así: “¡ah!, que me han dicho que tu vecina ha abortado”. ¿Mi vecina? No sabía en quién pensar, ya que en el pueblo vivo prácticamente solo y rodeado de septuagenarias. Por supuesto, mi vecina no era otra sino la veterinaria trepa aquella que, a modo de bienvenida al gremio, me hizo un par de putadas gordas (las expliqué en el anterior y difunto blog).

No sé si es que soy muy malo o me estoy volviendo, pero no inspiró en mí la más mínima pena. No es que me alegre, ni muchísimo menos, pero si esperan que vaya a su casa a expresarle mis sentidas condolencias, no me sale. No soy tan hipócrita.

Lo único que me salió fue preguntarle a mi jefe si había sido consecuencia de la brucelosis (fiebres maltas). Me lo tenía que haber callado, más que nada para contar con información que los demás desconocen. Mi jefe no sabía nada del asunto. Yo lo sabía porque el médico del pueblo es un poco bocazas y me lo soltó un día que fui a hacerme un chequeo (el único día que he ido).

Hay días en los que, después de todo, no tengo muchas ganas de tomarme las cosas con humor, sobre todo in situ. Estuve tan enfadado que cuando al regresar mi jefe me estaba contando lo de la otra veterinaria, dejé caer mi cabeza de lado y me puse a roncar con los ojos en blanco. No quiero ni pensar lo que hubiera dicho o hecho si me llega a pillar.

Tal vez la entrada contenga algún punto gracioso, pero no ha sido mi intención más expresa. Pese a todo, el tiempo enfría las cosas y como he sido sarcástico, no dejo de ponerle la etiqueta correspondiente.

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Ventisca Carlista

8 Marzo 2009 at 13:01 (Aventuras y Desventuras) (, , )

El 5 de Marzo (de ahí lo de “Carlista”) fue uno de esos magníficos días para quedarse en la cama, especialmente cuando trabajas al aire libre y resulta que hay rachas de viento huracanado con copos de nieve más grandes que mis pulgares. Gracias a Dios, así fue (no trabajé). Al menos durante la mañana, de modo que por fin pude recuperar un poco las horas de sueño.

Al llegar el medio día ocurrió lo inaudito: tuve que ir a currar por la tarde. En dos años aquí, jamás había pasado esto. El caso es que seguía haciendo frío y ventisca. Además, tuve que saltarme la clase de francés para nada, porque empezamos a currar como una hora y media más tarde de lo que se suponía. En otras palabras, dentro de la excepción, la norma (lo típico) se conservó.

Lo más curioso de todo, es que mi jefe estaba extrañamente comunicativo. Hablaba por los codos. Eso está bien mientras vas en el coche, sobre todo porque reduce la velocidad. Pero está requetemal cuando, además de empezar tarde, se lía a hablar como un descosido con el ganadero en cuestión, con lo que ambos se distraen y el ayudante de turno aprovecha para tocarse la barriga porque no le dicen cada 5 minutos “trabaja”. Con lo cual, casi el único que curraba allí era yo.

Tanto es así, que os lo voy a pormenorizar. Nada más llegar, aún estaba allí otro veterinario haciendo ecografías. Cuando éste acabó, mi jefe hizo un amago de dedicarse a ayudarme a preparar todo el material, para dedicarse en realidad a hablar con el otro veterinario mientras me daba la espalda. Llegados a este temprano punto, ya me mosqueé un montón (luego diré el por qué), con lo que decidí no abrir más que 4 botes de los 12 que usamos en total. Cuando casi nada más empezar a trabajar mi jefe me dijo “¿dónde están los botes que he abierto?”, le dije, de forma natural y educada, aunque con doble intención, “no no, si es que no has abierto ninguno”. El flipado se creía que había abierto todos los botes de medicamento mientras hablaba a 3 metros de distancia de los mismos. Al final me tocó a mí abrir todos los botes, aunque rompiendo la marcha de trabajo y perdiendo el tiempo entre lote y lote de ovejas.

Como decía antes, tras no preparar el material de trabajo, eligió, como quien no quiere la cosa, la parte que menos esfuerzo requería. Yo tenía que inocular 5 c.c. por vía intramuscular de un antibiótico con adyuvante oleoso, y él 1,2 c.c. por vía subcutánea de otro líquido. La mismita fuerza requiere uno y el otro, lo cual pasa factura cuando pinchas 300 ovejas seguidas. Los dedos duelen del esfuerzo.

Encima, en algún momento, mi jefe decidió que las ovejas dentro de la manga mejor las apretara yo solito, que el mientras iba a espantarlas dado que los dos otros inútiles (ganadero y ayudante) no sabían hacer ni eso. Me fastidió bastante, porque estirar de las ovejas, por supuesto contra su voluntad y a fuerza de estirarles del pellejo del lomo, también termina haciendo que duelan mucho los dedos. Además, al poco rato mi jefe creyó conveniente que fuera también yo el que abriera la puerta de la manga, ya que para eso tardaba yo más rato que él en terminar de pinchar a todas las ovejas.

En este punto comprendí su indudable buena intención, ya que si yo terminaba más tarde era porque me tocaba las narices, no porque mi parte del trabajo era más dura y larga. Si antes ya estaba de mal humor, aquí ya empecé a insultar a todo quisqui por lo bajini.

Pero todo tiene un fin. O no, ya que cuando por fin acabamos, al ganadero “se dio cuenta” de que se le había olvidado contar las ovejas que estábamos pinchando. En principio nos debería haber traído sin cuidado, pero ya se sabe que el verdadero trabajo de un veterinario es contarle a cada ganadero cuántos animales tiene. De toda la vida. Aún recuerdo aquella asignatura, que casi suspendo, llamada “Barrio Sésamo”, donde aprendíamos a contar y a hablar correctamente.

En fin, que teníamos que ayudarle a volver a pasarlas y así contarlas, por no sé qué de que con su ayudante seguro que no podía hacerlo. Allí fui yo, haciendo una maniobra en círculo para envolver al rebaño y asustarlo, de tal manera que fueran hacia un embudo hecho con vayas para poder contarlas al pasar de una en una. Lo cojonudo fue que, una vez más, me quedé solo. Mi jefe se puso a hablar con el ganadero (¿cómo las contarían así?) y el ayudante permaneció sentado al fondo, bien lejos y al resguardo de la ventisca. Yo cagándome en todas sus muelas, con el rebaño yéndose ora para allí, otrora por allá. No creáis que es tan fácil para una sola persona hacer pasar un rebaño entero por un resquicio tan pequeño. Corrí y grité bastante. Menos mal que nunca me ha importado correr. Lo que sí me tocó un poco más la moral fue el comentario final del ganadero: “eres mejor que el perro; si quieres te pongo en nómina”.

Todo eso en cuanto al trabajo en sí, que tampoco fue mucho, pero sí largo por la ventisca y las pocas ganas de trabajar en general y en particular de mi propio jefe (debía de echar en falta la siesta, el pobrecito).

En cuanto a conversaciones interesantes, mejor en otro post.

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Vivir a 100

4 Marzo 2009 at 19:33 (Aventuras y Desventuras) (, , )

Hay días, como hoy, en los que paso miedo en el trabajo. Es por la forma de conducir de mi jefe. No es que me vaya garra abajo, pero no dejo de preguntarme cuál será el día en el cual mi cara acabe llena de cristales o con los brazos rotos.

Por seguir hablando de hoy, resulta que mi jefe ha llegado media hora tarde al punto de encuentro (un bar, para mi desgracia). Casi nada, sobre todo si tenemos en cuenta que yo he dormido, siguiendo mi dinámica habitual, 6 horas y media. La jugarreta me la hace con bastante frecuencia, pero por supuesto yo no puedo devolvérsela. Al menos no en su justa medida. Lo más que me atrevo a hacer es llegar 15 minutos tarde.

En fin, que tras la jugarreta, le han debido de entrar las prisas. El único modo de acortar el tiempo requerido para llegar del punto A al punto B es, como la física newtoniana nos indica, aumentar la velocidad (ya sabéis, t = s/v). Mi jefe, gran físico todo él (especialmente la boca), ha aplicado la regla y se ha puesto a 170 km/h. Lo malo es que se le ha olvidado aquella parte que hablaba del rozamiento y la aceleración angular.

La carretera era una comarcal de esas de un solo carril (70 km/h), con curvas cerradas y rasantes de escasa visibilidad. Recuerdo la obvia ausencia de peraltes y maliciosa presencia de gravilla en puntos estratégicos. El asfalto estaba hoy algo mojado y embarrado. Si bien esta noche no ha helado como en las anteriores, la experiencia me dice que esto tampoco hubiera detenido a mi jefe en su frenética carrera al mismísimo infierno, incluso a pesar de mi cuerpo en tensión permanente (parezco “el hombre de acero” –bonita flor que me he echado–). Es más, hoy tampoco ha dejado de fumarse sus 5 cigarros matutinos mientras conducía como alma que lleva el diablo.

Ciertamente, no puedo dejar de observarle cuando conduce en tales condiciones. Echando humo como el mismísimo Lucifer y con su boca contorsionándose en extraños movimientos (cuando cree que no le miran, le aflora un tic bastante curioso). En ocasiones, como hoy, hasta hace ruiditos al tomar las curvas, como si fuera un niño imaginándose que conduce un bólido. Pero, en este caso, más bien sería la niña el exorcista, con sus muecas, fumando, hablando en un lenguaje incomprensible para mí, y apretando con el pie derecho hasta el fondo. Apretando hasta tocar la alfombrilla, hundirla en el suelo, sobrepasar éste, y terminar alcanzando el mismísimo asfalto, el cual a su vez destrozaría el pedal de tal manera que el coche ya no podría dejar de inyectar diésel al máximo, para entonces girar su cabeza de forma imposible hacia mí y decirme… “ya vale, despierta y deja de flipar”.

Se me olvidaba que, para colmo, hoy llevábamos detrás un remolque, que se compró hace poco, cargado de vallas metálicas. Por puro vaguerío, o tal vez por llegar 34 minutos tarde en vez de 37, hoy ni siquiera las llevaba ancladas. En consecuencia, no podía dejar de imaginármelas empotradas y clavadas en el coche mientras dábamos vueltas de campana mortales en algún barbecho, todo consecuencia de un súbito reventón.

Como ya he dicho, no es que me cague del miedo o siquiera apriete el freno imaginario que tienden a apretar todos los copilotos asustados (jamás he comprendido por qué la gente hace esto). Pero no puedo dejar de pensar, “ésta es La Curva”. Ojalá exagerara y condujera “sólo” a los 100 km/h que he puesto en el título.

De ahí que tuviera aquel accidente el año pasado. Accidente en el cual, según sus propias palabras, “se dio un beso con una muchacha”. Por suerte, yo no iba con él.

El accidente que tuvo el otro día con la farola supongo que sería más de lo mismo: ir demasiado deprisa, y encima marcha atrás y con legañas en los ojos.

Las virtudes de mi jefe al volante no acaban aquí. Otro día más.

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Cena con la Junta de Dirección

3 Marzo 2009 at 20:21 (Aventuras y Desventuras) (, , )

Tal vez recordéis que la semana pasada fui a cenar a una cena a la cual se habían olvidado todos de invitarme, al menos al principio.

Primero voy a explicar el por qué de la misma, sin recaer en explicaciones que ya he dado en otras ocasiones. En realidad se trata de una reunión anual entre los miembros de la Junta de la ADS para planificar la línea de actuación conjunta. O al menos, esa es la teoría, porque en la práctica no se habla más que de subvenciones, de que el precio del lechal está por los suelos y todo tipo de lloros que os podáis imaginar. Es decir, nada que no oigamos cualquier día en cualquier lugar que visitamos.

La Junta está compuesta por los ganaderos más potentes con que cuenta la ADS, o al menos, de nuevo, esa es la teoría. Se supone que debería ser así porque al ser los que cuentan con más cabezas de ganado, son los que más se deberían enterar de las cosas y los que más conocimiento tienen. Dejando de lado el conocimiento que tienen (más bien escaso), la verdad es que entre los 6 que la componen, hay 2 que en realidad no sé por qué están ahí. O mejor dicho, aún están ahí, ya que han estado yendo a menos y menos hasta convertirse en ganaderos medios. Los otros 4, los que sí que son grandes, supongo que los respetan por tradición o, más probablemente, por inercia. Ya sabemos cuánto cuesta cambiar por estos lares.

Por cierto, que el presidente de la ADS es elegido democráticamente entre los miembros de la Junta por la propia Junta (de la cual los veterinarios jamás formamos parte).

Finalmente, la función más importante de la reunión es designar una fecha en la cual realizar una especie de cena-reunión común entre todos los ganaderos de la ADS, grandes y pequeños, en la que hay comida abundante. Para ellos, lo importante de la pre-reunión en la que se comenta lo que se comentará en la reunión general, y lo importante de esta última, no es la información recibida, sino el papeo, emborracharse y… algo que no digo. Pero pensad muy mal y acertaréis.

En lo que a mí me concierne, que es la comida, ésta consiste y consistirá en chuletas de ternasco a discreción, que para eso se dedican a lo que se dedican. En absoluto me quejo, que yo casi ni las cato en todo el año (cosas del sueldo, digo del colesterol).

En segundo lugar, cuento un poco lo que sucedió durante la reunión, o pre-reunión si queréis. Gracias a Dios, llegué tarde, con lo que me pude saltar la parte de “hay que vacunar de lengua azul aunque os hayan dicho (que dicen que a alguien) las ovejas se les murieron a mansalva por la vacuna”. Eso por sextuplicado, que para eso son 6 cabezas cuadradas, y luego por cuadriplicado por cada una de las 4 cosas obligatorias que exige la DGA (como ejemplo, cambiad “vacunar de lengua azul” por “identificar electrónicamente” y obtendréis otro mensaje completamente nuevo para ellos). Tales comunicados por parte del veterinario no son para nada novedosos, ya que en realidad muchos llevan haciéndose varias temporadas y los más novedosos en realidad ya han sido aplicados hace 6 meses mínimo, con lo que ya lo han sufrido.

Como decía, me salté todo esto para entrar directamente con lo importante: la comida. En este punto parece que coincidimos yo y todos ellos. Me sorprendió que no pidieran chuletas más que 3 de 8 que estábamos.

Por supuesto, durante la comida quien más quien menos abrió la boca para hablar. Uno de ellos, que siempre está bromeando y fantasmeando, y sufre de verborrea incontinente (con lo cual no puede dejar de ser un auténtico bocazas), empezó, sin venir a cuento, a relatarnos cómo en cierta ocasión otros dos ganaderos de la ADS le dieron una paliza. Sin sonrojarse lo más mínimo, nos relató cómo le zurraron, cómo tuvo que volver a casa cojeando y luego explicarle, entre lágrimas, a su mujer e hija la paliza que acababa de recibir. Ahí dio el chispazo para que todos comenzaran a matar gente. Lo malo es que me creo todo lo que dijeron, desde el que dijo que lo mejor era dar palizas de muerte a los que te intentaban chulear, el que aportó que es mejor contratar a un par de rumanos, y el que terminó diciendo que lo mejor es vengarse a largo plazo cuando el otro no se lo espera y sobre algo a lo que tenga aprecio (aunque sea sólo económico).

Tras un buen rato matando gente, por fin salimos a la calle y nos quedamos 5 ganaderos y 2 veterinarios. Uno de los ganaderos, que no había dicho casi nada en toda la cena, se fue a toda pastilla. Entonces me enteré de que el hermano de uno de los de la junta le había “puesto la mano encima” al hermano del que había puesto pies en polvorosa (por supuesto, todos ellos ganaderos). El agredido había demandado el día previo a la cena al agresor, con lo que los pleitos estaban en ciernes. La verdad es que a saber lo que sucedió en realidad, pero seguramente el agredido se lo había buscado (ya le habían amenazado varias veces por robarles los pastos).

De todas maneras, lo que yo me pregunto es si el que dio el pistoletazo de salida para la temática que se trató durante casi toda la cena lo hizo adrede o no. Creo que el pobre es el típico “perro ladrador” que luego es un buenazo, y que se le pierde toda la fuerza por la boca. Es más, no creo que supiera nada del asunto hasta que salimos a la calle. No obstante, la duda la tengo ahí.

Por último, salí pitando para casa. Fui el segundo en irme, seguido a poca distancia de mi jefe. Los demás se quedaron hasta a las tantas, y mi jefe, en realidad, se entretuvo más de lo previsto porque tuvo un accidente, aunque yo no lo vi por segundos. Se comió una farola con el morro izquierdo del coche, y eso que no había bebido.

Alguna conclusión debería sacar después de que en un año haya tenido el mismo tipo de golpe con el coche hasta en dos ocasiones (que yo sepa). Pero mejor os lo dejo a vosotros, a ver qué me contáis.

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Ocupado

2 Marzo 2009 at 19:52 (Aventuras y Desventuras) (, )

Cada semana escribo menos. Lo malo es que aunque no publique nada, sigo escribiendo borradores y se me está acumulando tal cantidad que sé que finalmente no verán la luz ni la mitad. Al final voy a perder los 4 lectores fieles que tengo, lo sé, pero es que no doy más de mí.

Pongamos como ejemplo la última semana (y un poco más).

El fin de semana tuve que dedicarlo íntegramente a rehacer un trabajo para sacarme el CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica). Trabajo en grupo que nos habían suspendido por haber seguido las instrucciones que la profesora había dejado por escrito. Por supuesto, la figura (por no decir otra cosa) suspendió a toda la clase. Inteligentemente, ella se obstinó en asegurar que la culpa era de los demás, que ninguno sabemos leer. Para colmo, le llamé personalmente por teléfono, y me resolvió cierta duda de forma totalmente incoherente con sus últimas instrucciones. Eso sí, ella lo niega todo y sabe redactar perfectamente. Pues nada, a tragar y a rehacer, a ver si a la segunda va la vencida (si no es así… no sé qué hago). El único descanso que tuve fue el partido de fútbol sala, donde al menos me desahogué bien a gusto y encima quedé demasiado bien (ahora me “exigen” un montón los amiguetes).

Luego el lunes me levanté a las 5 a.m. para agarrar la autovía y plantarme a las 8 en cierto pueblo de Teruel donde me tocaba ir a currar solo. Gracias a los ganaderos, fieles a su costumbre, no empecé a trabajar hasta una hora más tarde. Menos mal que me invitaron a comer, porque si no, ni eso. Durante la comida, el ganadero me preguntó por si iba a ir a la reunión-cena de ganaderos que iba a haber ese día. Yo, curado a base de leches, ni me inmuté a pesar de ser la primera noticia del asunto. Mi jefe no me había dicho ni una palabra (¿estaría aún molesto conmigo?). Total, que acabé de comer y me fui corriendo a francés, luego a ducharme, y vuelta a inglés. Sí, tuve que ir apestando a oveja a clase, pero por suerte estábamos sentados de uno en uno. Ah, y entre medias el jefe se dignó a comunicarme que esa noche iba a haber cena y que sería interesante que yo, como veterinario de la ADS, asistiera. Por supuesto, acepté, porque por un lado tenía muchas excusas para llegar tarde, con lo que me ahorré el rollo inicial, y luego papear gratis y, sobre todo, sin tener que cocinar ni fregar. La pega es que se enrollaron demasiado en la sobremesa, con lo que llegué muy tarde a casa. La cena en sí es motivo de una entrada completa, la cual ya he añadido a mis borradores y espero publicar enseguida.

El martes, tras 6 horas de sueño, mi jefe y yo tuvimos que ir a desparasitar justamente al ganado del presidente de la ADS (véase la Nota aclaratoria de aquí para aclarar funciones). Me alegré de que no hubiera mucho trabajo, mucho menos para dos. Creo que mi jefe había buscado poco curro porque había dormido poco. Por mí mejor, ya que apenas sí curré y encima, por el hecho de venir mi jefe y no yo solo, el presi nos invitó a comer. Charra que te charra, de nuevo se me hizo tarde, con lo que tuve que ir corriendo a ducharme, y luego a francés. Entonces pude dedicarme a terminar un par de relatos que he presentado al concurso literario de la EOI. No estoy en absoluto satisfecho de ellos, porque realmente no creo que aporten nada ni he podido invertir suficiente tiempo en ellos. Pero he decidido que mejor que nada presento lo que haya hecho, que con suerte gano por declararse el concurso “casi-desierto” o hasta me lo tienen en cuenta a la hora de aprobar el examen final.

El miércoles, de nuevo con sólo 6 horas de cama, al curro con mi jefe. Muy poca cosa, y encima de regalo 8 huevos frescos. Como acabamos realmente pronto, pude ir a correr un poco y ducharme tranquilamente. También fui a continuar con los relatos, mirar el e-mail y comer. Hice dos intentos de visita al hospital, pero de forma incomprensible para mí, el punto de información estaba siempre vacío o completamente cerrado. Lo malo comenzó después. Terminé con la clase de francés, aproveché media hora muerta que tenía para seguir con los relatos, y fui corriendo a cierta reunión informativa en el Colegio de Veterinarios sobre las subvenciones al ganado ovino. Horrible. No sé ni para qué fui, porque estuve todo el rato bizqueando del sueño que tenía. Encima, mi jefe llegó tarde, por una vez se sentó al lado de mí, y me preguntó si habían dicho algo interesante. La respuesta obvia fue “no”, así no podía seguir preguntando. Además, sabía que me iba a tener que ir antes de que acabaran a toda mecha rumbo a clase de inglés, a la cual llegué tarde y en medio de una prueba oral que, aun así, aprobé por los pelos. Creo que con la carrera me desperté bastante. Por fin, vuelta a casa, a hacerme la cena y a dormir. Éste fue el peor día de la semana.

El jueves, me tocó volver a ir solo y dormir 5 horas y media. Esta vez a Alobras. Está muy lejos, sí, pero el paseo es precioso, la verdad. De hecho hice bastantes fotos, las cuales espero publicar. Es en esos momentos cuando me encanta mi trabajo, especialmente si la jornada laboral es breve (pasé en total 2 horas conduciendo y otras 2 trabajando). De vuelta en Teruel, fui a nadar y a buscar pastillas para los perros. Estas pastillas, que son praziquantel para desparasitarlos de Echinococcus (quiste hidatídico en humanos), se obtienen en la OCA (Oficina Comarcal Agraria) que corresponde a cada ADS. Sin embargo, mi jefe no estaba seguro si tenía que ir a buscarlas a Sanidad o a la OCA nuestra (¡tras tantos años recogiéndolas!). Probé con los primeros, que me tuvieron una hora larga esperando y sin hacer nada para al final mandarme a la OCA. Entonces decidí que mejor me iba a francés, para no correr como un energúmeno otra vez, y luego iba al hospital para hacer la visita pendiente. Tras esto, continué con los relatos y, por fin, los dejé terminados a falta de imprimirlos y grabarlos en un CD. Vuelta a casa a cenar, a recoger y limpiarlo todo, y a dormir.

El viernes, con 6 horas de sueño más en la cuenta (¡pero no de la cuenta!), fui, solo, al lado de Teruel. Lo malo es que mi jefe me había dicho hacía dos días que tenía que ir a una explotación a las 8, y luego, el jueves por la noche bien tarde (o bien noche), me dijo que se le había olvidado que tenía que ir a también otra. Y a las 8 también. Como el milagro de la omnipresencia ni, por intentar ser más científico, la mitosis o la auto-clonación los domino en absoluto, no tuve otra que quedar mal con el segundo ganadero. Además, terminamos bastante tarde, que para eso era viernes (no sé cómo, pero los viernes siempre son los días más largos). Tras ducharme y nadar un rato, pero sin comer, conseguía marcharme de Teruel a las 4:30. No obstante, mi jefe aún me tenía reservada cierta sorpresa. Justo cuando llegué a Zaragoza, me llamó, lo que me recordó demasiado a la experiencia que viví hace tan poco. El déjà-vu provocó una buen subidón de adrenalina, con lo que el corazón se me puso a cien y la cabeza no paraba de dar vueltas a “¡mierda, qué he hecho ahora! ¡la he pifiado otra vez!”. Afortunadamente, no quería más que preguntarme si le había dejado la sangre recogida en el sitio que habíamos acordado previamente. Llamada inútil, a no ser que su finalidad fuera ponerme taquicárdico perdido.

El sábado sólo pude dormir 8 horas. Tenía que hacer un montón de recados. Al menos me los quité. El único que me fastidió fue otra visita al hospital en la que no hice más que el viaje inútil, porque al enfermo le habían dado el alta de fin de semana. En el partido de fútbol, con el cansancio de toda la semana, no rendí ni la cuarta parte de lo que esperaban. Es más, metieron gol todos (porteros incluidos) excepto yo. Anda que no se rieron a mi costa toda la noche.

Por fin, el domingo, dormí todo lo que quise, es decir, 8 míseras horas. Sostengo la teoría de que a fuerza de no dormir, al final ya no lo necesito y si veo que me paso de mis 5-6 horas automáticamente me desvelo. Me dediqué básicamente a terminar de hacer cosillas pendientes, aunque molido por seguir sin descansar.

Hoy, lunes, he repetido la jugada del anterior lunes, es decir, dormir 5 horas e ir solo. Hoy he terminado bastante más pronto y, yo que sepa, esta vez no va a haber cena. Así he podido ir a la OCA a recoger las pastillas, presentar los relatos al concurso y escribir esto.

En definitiva, que lo tengo difícil para escribir en el blog, sin siquiera contar que carezco de conexión a Internet propia y me tengo que desplazar para hacerlo.

Además, lo peor aún está por llegar. Espero haber acabado con el CAP, pero aún me quedan los exámenes finales de la EOI, preparar las oposiciones (lo que además de estudiar supone hacer cursillos), el fútbol semanal, practicar un poco de harrijasotze (descargar y mover todo un camión de piedras para el chalet de mi padre y tío, como en el deporte vasco ese), viajes varios que debo hacer (Palma y Roma), y, por si fuera poco todo, cuidar de un perrito adoptado. Pero esto es otra historia.

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