Desolación–Destrucción es mi segundo nombre, pero no soy centroamericano aunque sea de Guadalajara

20 Agosto 2009 at 11:48 (Aventuras y Desventuras) (, , )

En realidad no es mi nombre, sino el del perro. Bueno, realmente tampoco es su segundo nombre (por si acaso lo explico).

Antes empiezo explicando que creo (y espero) que Calimero ya esté cerca de su peso definitivo, tras ocho meses y más de treinta kilogramos sobre sus espaldas. Lo espero porque así dejará de crecer y de destrozarme cada semana algo nuevo, algo que anteriormente se encontraba fuera de su alcance.

En general se porta muy bien, o mejor dicho, se portaba. Desde que vino mi abuela y su asistenta, especialmente ésta última, lo han estado malcriando y mucho, con lo que cuesta luego des-maleducar.

Por ejemplo, desde Junio lo estuvieron acostumbrando a que si lloriqueaba (los típicos 5 minutos escasos tras nuestra partida al trabajo), le daban de comer. Es decir, que le premiaban por (aparentar) estar desolado y molestar, algo que aprendió y desaprendió unas cuantas docenas de veces. Pero fueron cientos las veces que traté de explicar y mostrar su error a mi abuela y su asistenta, con palabras amables y silogismos realmente simples. Hubiera obtenido mejor resultado dándome de cabezazos contra un radiador a 120º C hasta desfigurarme la cara o, mucho mejor, correr por el pueblo en cueros a media noche y dando alaridos hasta alcanzar el campanario, y allí, para escarnio público, colgarme de los pulgares un día entero… ¡sin protector solar!

Además, con tanta interferencia me resultaba muy difícil saber cuánto pienso tenía que darle de comer al final del día. Entre mi abuela, que le daba de comer a mis espaldas (o eso se creía) barras enteras de pan, y la asistenta dándole de comer a espaldas de mi abuela auténticas guarradas (guarradas para un cachorro, como torreznos o jamón), lo tenía realmente complicado. Ni siquiera las diarreas persistentes las convencieron más de una semana de que aquello no era muy bueno para el animal, por mucho que “llorara” el teatrerillo y por mucho que se aplicara a devorar con gula y afán lo que le lanzaban por la ventana (me pregunto qué no me darían si me volviera yonqui).

Hasta aquí la situación no estaba descontrolada del todo, sobre todo porque como paso tanto tiempo en casa con horarios tan impredecibles, interceptaba gran parte de los paquetes de ayuda humanitaria. Pero el día que llegué a casa y Calimero ni siquiera salió a recibirme porque estaba tirado en un rincón con un tripón asombroso, algo en mi cabeza hizo “crack” y enfurecí. El pobre animal estaba jadeando, luchando por respirar, empachado como nunca en su vida. Comprobé que, por lo menos, faltaba tanto pienso como el que se habría comido en 3 días, es decir, que junto con la comida matinal se había comido lo de 4 días, o tal vez más, de una tacada. Visto por el lado bueno, al menos habían dejado de darle de comer guarradas. Visto por el lado malo, podrían haberme matado al animal (por torsión de estómago, problema típico de razas grandes).

Mi enfado estaba dirigido en exclusividad contra la asistenta. Mi abuela sé que no me toca esas cosas, y no me equivoqué. Tuve que dejar pasar media hora, y aún así estuve muy cortante (por primera vez con ella). Le expliqué la situación en pocas palabras y le prohibí expresamente darle nada. Me pidió perdón y que no volvería a hacerlo. ¿Os lo creéis? Yo desde luego NO (he visto y oído demasiado). Sabía que el “disgusto” le duraría una semana y luego volvería a las andadas.

Antes de que se me olvide, la asistenta también me dijo, durante una cena, “usted es muy grosero”. Me quedé a bolos por tamaña desfachatez y falacia, pero le dejé continuar suponiendo que se trataba de un malentendido lingüístico (ella es centroamericana –nicaragüense–). Se refería al perro y a que, según ella, lo medio mataba de hambre. Por tanto, el malentendido no mejoró mucho tras la explicación.

Lo cual me recuerda la manía que existe de tener los perros cebados como puercos, con lo perjudicial que es para ellos (aunque beneficioso para las clínicas), y que continuamente la gente (sobre todo los más allegados) me intenten corregir a mi cuánto y qué debería de darle de comer.

Volviendo al segundo nombre de Calimero, el ritmo de destrozos se ha incrementado más de lo habitual y más allá de lo aceptable. Parece haber dejado de memorizar a medio plazo, aunque no a corto plazo, qué cosas no debe hacer. Entiendo que el animal pueda aburrirse y de vez en cuando me monte un tinglado diferente, sobre todo porque al ir creciendo en altura todavía no he tenido oportunidad de enseñarle que esa cosa nueva a su alcance no es un juguete por muy apetecible que le resulte investigarlo. Hasta aquí siempre he tenido paciencia (y humor) y él ha respondido satisfactoriamente.

Lo que no entiendo es que un día me destroce una mosquitera, le monte una pedazo bronca y, tras haberlo entendido, se espere justo a que la haya arreglado (tras una semana con un montón de horas de trabajo y recados invertidos, descontando riñas de mi abuela) para destrozarme todas las que le quedaban por destrozar. Ahí sí que me enfadé de veras y se llevó su correspondiente castigo, como el día que me destrozó precisamente una de las botas de cada pareja de las que uso en el trabajo (para qué lo voy a negar, un botazo en todos los morros con cada bota rota le ha ido a las mil maravillas).

Al cabo de poco rato, con el enfado un poco más despejado, razoné e hilvané la destrucción de las mosquiteras con muchas de las cosas que he visto en vivo y en directo. Es muy largo de explicar, pero estoy seguro al 95% de que de nuevo la culpable fue la asistenta de mi abuela (lo de las botas fue mía y le pillé con las manos en la masa). Se debió de dedicar a llamar a Calimero (con muchas risitas, eso sí), desde dentro de casa, a sabiendas de que éste se encontraba fuera en el corral. Habitualmente se lo pasa bomba viendo como el animal salta y salta, acción que seguro que realizó. Pero esta vez, en su afán por acudir a la llamada, además se dedicó a arañar y rajar las mosquiteras.

Ya he dicho que es muy largo de explicar, pero he visto muchas cosas a lo largo de estos meses para saber que es muy posible que esto haya sucedido tal cual lo cuento.

Lo peor de todo no fue la bronca que le eché al perro o mi cargo de conciencia por semejante injusticia. Injusticia porque a fin de cuentas, él sólo tenía ganas de jugar y respondió obedientemente a la llamada, además de que le reñí demasiado tarde para que comprendiera perfectamente el motivo de mi enfado. No; lo peor es que dada la situación actual y la actitud de la señora esta, el que paga el pato es Calimero. Sintiéndolo mucho, la única solución para evitarme horas de trabajo estúpido y, sobre todo, conservarle la educación y salud, es llevármelo a otra casa del pueblo (más trabajo inútil para mí) y dejarlo en otro corral absolutamente solo. Lo de las mosquiteras y el empacho fue la gota que colmó el vaso.

Por suerte para Calimero, esta situación no durará mucho, porque la asistenta se va a largar en breve, con lo que me bastará con dejar al perro atado en largo en nuestro propio corral (se sentirá menos aislado). Además, si enlazáis con la anterior entrada, fácilmente os daréis cuenta que paso gran parte del mes con él y no necesito trasladarlo.

En relación con esto, ahora, con un ambiente perfectamente controlado (sé lo que come y lo que no), sospecho que las diarreas cíclicas que sufre también son de origen parasitario (tal vez Giardia –links 1 y 2– o alguna ameba).

Por cierto, ya no hablo a la asistenta. Me enfadé tanto con ella que no puedo (ni lo necesito). Cada vez que la veo, no puedo dejar de recordar todo lo que le ha hecho al perro. Me dan igual sus intenciones; que permanezca ciega ante los destrozos que provoca enfrente de sus propias narices es pecado más que suficiente para mí. Además, “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” (de San Pablo).

6 comentarios

  1. Paula dijo:

    Uy, qué bíblico te has vuelto…
    Bufff! Yo estaría atacada de los nervios. Te iba a decir que se la hubiera montado gorda con lo de “grosero”… pero me he dado cuenta de que sé “tragar” mucho y que, posiblemente, eso también lo hubiera dejado pasar.

    Mua

  2. Santiago dijo:

    ¿Y un desafortunado accidente con un cuchillo afilado a media noche cuándo todos están durmiendo?

    Por cierto, recalco lo de accidente, e insisto, si vas a hacer algún viaje, y pasas por zaragoza, puedes dejar a Calimero conmigo, lo encierro en el estudio de foto cuándo no esté, y estará el solo en el cuarto (sin muebles y por tanto, sin posibilidad de destrozos) cuándo no pueda llevármelo a la calle.

  3. esthercm dijo:

    El afan de las personas por tratar a los perros “a su manera” es una guerra perdida, sobre todo a los que han tenido perro alguna vez en su vida. Por eso yo no tengo seres vivos en casa, para evitar los consejos de los que se creen muy expertos en el tema.

    Yo no me atrevería a insinuarte que provocases el desafortunado acidente con el cuchillo que Santi sugiere, pero recordarle constante y sutilmente las ganas que tienes de perderla de vista siempre es una forma entretenida y diferente de pasar el día…

  4. Javier dijo:

    Entre la asistenta y tu está claro que no había “feedback”, lo que había era “feeling”.
    Claramente ella estaba llamando tu atención por medio de Calimero. Ella sabia que si llamaba tu atención, tarde o temprano le revelarías el secreto del elefante caucásico-hindú.
    Me alegro de que no hayas sucumbido al canto de sirena nicaragüense y que el secreto siga intacto.

    PD/PS: ¿La asistenta no se apellidará por casualidad Millán?

  5. Paula dijo:

    Oye… ¿Guadalajara no es Méjico? Entonces no es centroameriacano ni a la de 3, es NORTEAMERICANO!! UAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

  6. Tsukway dijo:

    Explicación para todos:

    El perro es de Guadalajara (España), la ya desaparecida cuidadora era (es) Nicaragüense. Era la única manera de casar tanta tontería en el título.

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