El día que me ligué a Shakira
No fue un sueño. Tampoco es verdad del todo lo que he escrito, porque en realidad quien se la ligó fue Calimero, y a mi me cayó algo de su cariño de rebote. Pero empecemos por el principio.
Una calurosa tarde del verano del 2010, creo que en pleno agosto, mi perro estaba en el corral de la casa del pueblo (donde vivía por el trabajo). Yo estaba dentro, descansando plácidamente y huyendo del calor de la calle.
De pronto, Calimero (el perro) comenzó a lloriquear y hacer ruidos extraños. Yo, cansado de que se pasara el día lloriqueando porque pretendía salir a la calle a jugar con los chavales, lo ignoré lo mejor que pude. Tened en cuenta que lo oía muy bien, dado que mantenía la puerta que da al corral abierta, para que el perro estuviera donde mejor le plazca (dentro o fuera) sin sentirse aislado.
En esta ocasión, arriesgándose a sufrir mi cólera por pesado llorón, el perro se atrevió a entrar a casa a buscarme. Lo mandé a freír espárragos al corral, algo a lo que me obedeció de inmediato. Así que debió de ponerse a pelar los espárragos cuando, de nuevo, se puso a llorar angustiado. Y volvió a entrar a buscarme. Tanta insistencia en lloriquear a mi vera, sin parar de dar vueltas de un lado a otro, me dio que pensar: “A ver si sucede algo malo y el pobre lo único que hace es venir a avisarme.” Obviamente salí, a la espera de encontrarme alguna sorpresa… o no. Porque Calimero aprende muchas tretas para manipular a la gente sin que nadie se las enseñe. Pero esta vez tenía razón. Allí sucedía algo raro, como él mismo se encargó de señalarme como un rayo.
Encaramada en el alto de una tapia estaba la mismísima Shakira, contoneándose y cantándole arrumacos a Calimero, quien estaba completamente fuera de juego. Tan pronto daba un paso adelante para estar un poco más cerca de ella, como recelaba y daba dos para atrás. Todo sin dejar de gimotear, luego pararse a olfatear con el hocico en alto, entonces dar vueltas de un lado a otro, pasar a escuchar con las orejas todo lo tiesas que es capaz y la cabeza ladeada, y vuelta a empezar con el baile de San Vito.
Yo, menos temeroso que él debido a mi mayor experiencia en semejantes lances, me acerqué con firmeza a Shakira con la sana intención de quitarle el miedo. Cuando Calimero se dio cuenta que yo me acercaba tanto a Shakira y que ésta no pretendía nada malo, decidió acercarse poco a poco. Finalmente, dejé a Calimero en el corral, ya sin miedo, pero sin dejar de gimotear porque no alcanzaba a estar junto a Shakira. La cual, sea dicho de paso, no se atrevió a bajar al suelo en ningún momento, y repitió la escenita amorosa a la semana siguiente.
Ahora, cómo no, viene la explicación llana y directa (menos divertida, pero más curiosa). Shakira es una gata, totalmente blanca y vecina nuestra para más señas. Shakira estaba en celo, y por lo visto no había ni un gato macho en todo el pueblo. Así que la pobre, presa de su instinto, buscó lo más parecido que encontró, que por lo visto resultó ser mi perro (sí, el mío y no el del vecino).
Yo ya sabía que mi perro, para ser perro, es demasiado independiente, que prona mucho las patas delanteras y que también usa éstas mucho para cazar. Lo que nunca me hubiera imaginado es que a los ojos (y olfato) de una gata también resultara un tanto felino. Supongo que Shakira pensaría “este año sí que he encontrado un buen gato… ¡y vaya gato!” (Calimero pesa unos 35 kilogramos). O tal vez un simple “ande o no ande, caballo grande”.
Sea como fuere, comenzó su baile sensual de los siete velos en el alto de una tapia, frotándose, contoneándose y maullando sin parar. Estoy seguro de que lo único que le impidió bajar fue que luego no habría podido salir del corral.
El perro por su parte olió (o percibió) que aquello no era muy normal, y vino en busca de ayuda. Se la di, al menos en la parte relativa a quitarle el miedo. Luego el pobre quería subirse con la gata que tantas atenciones le prestaba, pero no llegaba, y se quedó con las ganas de jugar (literalmente, no seáis malpensados).
Como la gata se quedó sin cubrir, repitió la serenata al día siguiente (¡menos mal que no vino de noche, como es típico!), y luego otra vez a la semana, aunque ya sin tanto dramatismo como la primera vez. Por ello estoy tan seguro que no había gatos (reales) en todo el pueblo.
¡Ah! Tengo vídeos demostrativos, por si a alguno le interesa.
Paula dijo:
1 septiembre 2011 a 20:08
¡¡¡¡¡QUEREMOS VER UN VÍDEO DE SHAKIRA INTENTÁNDO LIGAR CON TU PERRO EN LO ALTO DE UNA TAPIAAAAA!!!!!!